Escritores venezolanos. Conversando y Escribiendo

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sábado, 1 de enero de 2011

Caracas, 25 de julio de 2010.
Autor: Leopoldo Benítez Ortiz



LLEGA LA MUERTE

Una noche como cualquier otra estaba yo preparando mi agenda de trabajo para el día siguiente, el teléfono sonó y yo atendí para ser el primero, en la casa, de enterarme que a Armando lo habían matado hacía una hora. --“Sucedió lo que esperábamos hace tiempo. Mataron a Armando en un enfrentamiento y…bla , bla, bla”.

Cuando colgué me quedé pensativo, aquel muchacho no pasaba de veinte años y ya era una leyenda entre sus familiares y amigos que decían y comentaban que sus tempranos pequeños robos habían pasado a un tenor mayor, armas y bandas, aunque en ellas no tenía una ocupación definida.

Debo confesar que me cuesta todavía pensarlo como un bandido, realmente no conocí que robara, pero cuentan que le endilgaban algunos muertos y que el consideraba que eso era mentira, al menos no eran tantos como decían y aunque eso era motivo para pagar muchos años de cárcel, a esta él le tenía mas miedo que a la policía y, tal como lo confirmó, a la muerte.

Sigo sin imaginarme cómo el estar en una cárcel podía ser algo tan funesto para ese joven, yo siempre pensé que en ella los malos se hacían mas malos y también más profesionales en sus actos ilegales, al menos eso es lo que se desprende de todas las páginas rojas de la prensa, los que matan y asesinan tienen prontuarios, los que asaltan y roban tienen expedientes abiertos, y cuando uno lee que asaltan o asesinan una y otra vez, se concluye que hay algún sitio donde ellos aprenden a no tener sentimientos.


LA LARGA VÍSPERA

Armando tenía una apacible vida, levantarse tarde luego de una noche en vela, trabajando en la ronda del barrio, vigilando que ningún extraño penetrara el territorio que le dieron a él y a otros para resguardarlo. Desayunar o comer y salir a deambular, visitar a los amigos o realizar diligencias, ir al banco, al cajero automático, tomar un refresco, caminar metiendo el ojo aquí y allá.

De vez en cuando se paseaba por algunas avenidas, siempre acompañado por sus más íntimos amigos, cuidándose de ser reconocidos, mejorando la pericia de distinguir policías donde una persona cualquiera no los detectaría. También ese vagar por las calles permitía identificar los carros de la ley, los que no llevan distintivos y, por supuesto, conocer algún legal a través de un pana, de un amigo muy cuerdo.

Pero ese deambular, ese disfrute de la brisa en el rostro, de saborear con la vista los cuerpos hermosos de las mujeres jóvenes del barrio, tuvo que dejarlos un día porque muchos querían matarlo, y esos muchos incluía a miembros de la otra banda y a familiares de los muertos, porque cuando se mata al de otra banda y los hermanos y primos son iguales al asesino y al asesinado, entonces el mundo se vuelve chiquito y se tiene que esconder fuera del barrio, fuera de la ciudad.

Y escondido en el campo, en medio del monte, confundido con los campesinos, Armando vio pasar algunos meses hasta que un día creyó que todo estaba más calmado aunque en ese mundo de pasiones desatadas, e irónicamente controladas, todos esperaban el momento de su venganza.


LLORAN LAS MUJERES

La madre del ahora perseguido, vivía su angustia y su tragedia con una calma que pasmaba a quien la escuchara, una vez, en una tarde capitalina, hacía dos meses, estuvo sentada con un amigo de ella y su familia, una persona que no participaba de la cultura del barrio, un ciudadano como él mismo se proclamaba. En ese encuentro ella le contó que había tenido una conversación con su hijo, le había dicho, a manera de reflexión, que él sólo estaba defendiendo a los mas poderosos en la banda, a quienes tenían dinero y maneras de obtenerlo, y él sólo era un peón sin sueldo, que un día lo iban a matar y que iba a ser por nada, él no obtenía beneficios de ningún tipo.

Mucho mas refirió aquella madre que no lloraba mientras relataba la vida de su hijo, y a quien la escuchaba –gerente de una cadena de tiendas-- le costaba entender aquella situación porque en su vida, amigos o vecinos, cuando alguien tiene problemas con un hijo contrata a un sicólogo, a un siquiatra y comienza a sanar al hijo, pero en caso contrario se acepta la situación y se procede a esconderla de los vecinos, se aprende a disimular que las manzanas podridas siempre existen.

Esa madre no pudo enterrar a su hijo, estaba lejos del sitio del velorio y un cuerpo tiroteado se descompone rápidamente, a ella se le oyó el llanto por teléfono porque además tampoco tenía dinero para llegar al entierro, lo hizo meses después. El amigo que recordó lo que hablaron, de alguna manera entendió que si la familia hubiera tenido dinero habría podido pagar por su protección o sacarlo del país, pero era una familia pobre, que ahora tenía un muerto.

Las tías y familiares mujeres no soltaban lágrimas en aquel velorio, todas estaban pendientes de ocultar el sitio para que los miembros de otras bandas no vinieran a tirotear a los presentes. El silencio para proteger a los vivos, mientras se velaba al muerto, era lo que ayudaba a que no lloraran las mujeres, en tanto, los escasos hombres caminaban de un lado a otro disimulando los nervios y el temor de ser asaltados, algunos allegados llegaron tímidamente a dar el pésame casi silenciosamente y de la misma manera partían. Aquella estrategia dio resultado positivo, la marcha fúnebre salió al día siguiente sin contratiempo.

La novia que tanto admiraba el porte de actor de su novio, se mimetizaba en la gente que asistía al velorio, y un tanto hizo en el entierro, nadie la escuchó llorar ni quejarse, de su boca no salió ninguna palabra de venganza, no tenía espacio para eso, tan sólo para el recuerdo de aquel ser que tenía una sonrisa maravillosa y fresca, una serenidad aun en el momento de la huida, una tranquilidad y seguridad para morir.

EL ENTIERRO

Algunas personas no piensan en la familia del difunto, no saben de la lucha de algunas familias para que sus hijos, él o ella, no caigan en malos pasos o, como diría algún cínico, no den pasos inseguros en el mundo del delito, donde el más fuerte y el de mayor creatividad sobrevive.

Durante el entierro algunos temieron disturbios, tiros al aire y gritos de guerra contra el mundo, delirios de perseguidos y perseguidores a voz en cuello. Pero nada de eso sucedió, cada quien se encontraba a la expectativa de mantener el silencio y unos rezaban y otros pedían, que nadie quebrantara el recogimiento de aquel momento y el último adiós al amigo.

Luego de que entierran al difunto, familiares y allegados se quedan deambulando alrededor de la tumba y hablan y comentan noticias, trivialidades, y hasta frases sin sentido. Unos a otros se presentan y establecen una familiaridad que, puertas afuera del cementerio, se perderá y en ese ambiente los amigos del fallecido rodean la fosa y comienzan a ingerir la bebida preferida del que partió mientras oyen un reguetonero que exaltaba la muerte como el distintivo de los valientes, de los que se burlan de convencionalismos, como lo eran ellos.

Dentro de aquel elenco resaltaban una señora y un señor de grises canas que se sentían , cada uno por su lado, extraños en aquel grupo, la señora resumía todo lo que había oído en esas horas, la tensión de aquellos momentos y creía conocer a muchas personas de las presentes, entre ellas, a la novia del joven muerto, de Armando, y recordaba cómo aquella muchacha hablaba tan bien de su casi esposo, de lo trabajador que era, de lo viril y original de su conducta, de los valores que defendía con su arma y de lo echado pa´lante.

En aquella tarde opresiva, de camino a casa, el señor canoso, mestizo latinoamericano, casi blanco y casi indio, pensó en Armando y aceptó su valor al enfrentarse a tiros a una patrulla de la policía, él y su compañero y amigo, detrás de un árbol como en las películas gringas, pistola en mano y asomando y escondiendo la cabeza, tratando de precisar los blancos que, parapetados detrás de la patrulla, disparaban respondiendo a los jóvenes bandidos.

El señor y la señora coincidieron en un café, se reconocieron y hablaron sobre los acontecimientos que se narran en esta historia y no llegaron a ningún acuerdo sobre la calificación de bueno y malo de los pistoleros y tampoco lograron acuerdo sobre la desproporción de la policía que, al rato del tiroteo, sumaba ya varias patrullas y más de treinta policías disparando como práctica en vivo y logrando matar a los bandidos con tiros de ametralladora.

Los conceptos de malo o bueno iban de un lado a otro en la conversación que se enmudecía a ratos y la señora y el señor y la mujer habló sobre lo que Yocsibet, la novia de Armando, comentó a quienes quisieron oírla: - Ni ella ni él habían cumplido los dieciséis años cuando se conocieron en el barrio, no estaba segura de si fue en una fiesta. Se miraron una vez, no se comieron con los ojos a pesar de lo apuesto de él y a sabiendas de lo atractiva que ella ya sabía que era, sólo fue verse y comenzar a hablar como si hubieran andado junto muchos años y con la misma decisión conocí sus gustos y lo vi hacerse un aceptable disparador.

La señora del pelo canoso evocó el velorio y la novia narrando su historia de amor y entonces, como en un arrebato de compartir un secreto, giró su cabeza aproximándola hasta la del hombre y, en un tono muy bajo, le comentó que oír a la novia contar esas aventuras de malandros y bandidos, viendo su rostro bello y apacible le hizo pensar que “no parecía una muchacha mala”. Y el hombre canoso asintió con la cabeza y musitó quedamente: --“No parece una muchacha mala”.

2 comentarios:

Ele dijo...

Leopoldo, tal como te dije por correo, mi primer comentario positivo es que hayas vuelto a escribir para el blog. Como decía el viejo Kotepa Delgado: "Escribe que algo queda" (este era el título de su columna en El Nacional). Tus cuentos tienen el encanto de la brevedad y de los finales inesperados. Si estás pensando en publicarlos, más allá del blog, podríamos hablar posteriormente de la forma, de algunas imprecisiones en la escritura. Lo importante es que estás de nuevo con nosotros y que quieres revisar lo que has escrito y divulgarlo.

Loacho dijo...

Me gusta mucho tu narración que lo ubica a uno en la situación y en las emociones.
Sigue escribiendo.
Saludos.

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