Escritores venezolanos. Conversando y Escribiendo

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lunes, 5 de enero de 2009

MONÓLOGO DE TRANSFORMACIÓN




Hermoso contemplo el amanecer que la Aurora, la de los dedos rosados, hija de la mañana, trae a mis ojos en el puerto de Áulide, en Beocia. Sin duda que este es el más notable compromiso en mi humilde existencia. La alianza de los ejércitos aqueos decidió poner en mis manos la gran responsabilidad de recuperar el honor Griego, perdido ante los bárbaros por el rapto de Helena, que dejó al querido y rubio Menelao triste y melancólico. Mil ciento ochenta y seis negras y cóncavas naves están a mi disposición y yo he de cuidar con mi vida la vida de cada uno de los sesenta mil amados soldados aqueos, los de las bellas grebas. Cada uno de ellos siente su propio dolor y no el del otro por dejar atrás a sus caras mujeres y pequeños hijos, pero mi corazón no sólo sufre por los míos, sino por ellos y por la polis ausente.

El favor de los dioses está de mi lado y me permite contar con los más gloriosos guerreros de toda la Hélade: Aquiles el Pelida, hijo de Peleo y Tetis, comandante de los poderosos mirmidones, descendiente de Zeus por linaje; Odiseo, el astuto conductor del contingente de los cefalenios, considerado, en astucia, a Zeus comparable y con Ayante el fuerte y valeroso guerrero hijo de Telamón, portador del terror de Ares, azote de los mortales y el más fuerte después de su primo Aquiles. Cuento también con los valiosos consejos del orador sonoro de los pilios, el de la palabra suave: el Prudente Néstor, de los viejos por mi el más querido, y de Calcante, el de Micenas, hijo de Téstor y nieto del dios Apolo, quien le dio el don de la profecía. ¡Qué bien se siente estar con ellos y ser el conductor de los mejores guerreros que jamás haya existido en todo el universo!

Hay algo que me preocupa, el prudente Nestor no está muy de acuerdo con mi idea de concentrarnos en el Puerto de Áulide en Beocia; para mí, este es el mejor sitio pues me lo recomendó el adivino Calcante. Sus aguas son tan tranquilas que nos ha permitido la formación múltiple de las cóncavas naves; me parce que es lo mejor que se podía seleccionar, pues por boca de Pitia el dios ha augurado una larga campaña. Además, y esto es lo que más me satisface, ello me ha permitido estar cerca de Clitemnestra, mi hermosa y honesta mujer, sentar en mis piernas a mis queridos hijos: Ifigenia, que en belleza sólo su madre es comparable, de Electra y Crisótemis, pero especialmente a Orestes que es tan pequeñito y...de Gilisa, su nodriza, a quien aún puedo visitar para mejor sazonar el placer que su amor me está proporcionando.

Al salir de Áulide todo cambiará, dejaré atrás a mi amada familia y aunque el fiel Demodocos me juró que con su vida habría de cuidarla, a mi esposa no le pareció nada buena la idea y logró convencerme de que el fiel amigo ya estaba viejo y no servía para nada; la verdad es que no entiendo por qué dijo lo último. Algo que me contaron, a mi me cuentan muchas cosas, fue que Egisto está deseando y acosando a Clitemnestra, ...¿No será qué... ? Humm... No, no, no puede ser porque Egisto, a pesar del odio que le profeso, me tiene sin cuidado: no quiere ser héroe y en absoluto le preocupa la gloria y el prestigio de la guerra y ha preferido quedarse con las mujeres. Seguro que los dioses están involucrados porque ellos se meten en todo, claro que para guiar nuestros pasos; saben que si se viene con los de bellas grebas lo más seguro es que su cuello termine en mi espada.

Acepté la propuesta de Clitemnestra porque el pobre Demodocos ya está ciego y, por otra parte, porque mi mujer se encolerizó ante mi negativa inicial. Por supuesto su reacción era fácilmente de predecir, pues ella vive cual serpiente desde que nos casamos y nunca me ha perdonado que, para poder hacerlo, tuviera que matar a su primer esposo e hijos. Bueno, al fin y al cabo ella no es más que una mujer y, de acuerdo a lo que me han contado, a mi me cuentan muchos chismes, Príamo y Hécuba, los reyes de Troya, tienen una hija llamada Casandra que es la propia hembra y que, además, tiene la virtud, que le concediera Apolo por no entregarse a él, de que siempre dice la verdad al predecir lo porvenir, pero nadie cree lo que dice ¿Cómo lo ven? ¡Será la amante perfecta! Sin embargo, consultaré con Calcante a ver si es verdad que es un buen adivino.

A propósito de Calcante... ¿Me podré fiar de él? La verdad es que ese tipo es una cosa rara y siempre ha traido pura desgracia para la familia Atrida, no sé porqué acepté que Aquiles lo incluyera como nuestro adivino y como uno de los miembros principales del Ágora ¡Qué bolas! Yo nunca le he tenido confianza, quería que se quedara, pero el Pelida practicamente me obligó a que se viniera con nosotros. Ahora me arrepiento, he estado sintiéndolo presionar desde distintos sectores y con esa actitud el sueño me está quitando y está perturbando mis pensamientos. Últimamente lo he notado, junto con Menelao y los tres terribles guerreros, con una reunidera que me hace sospechar y dudar de sus inmediatas intenciones. ¿Será qué la envidia ha tomado posesión de sus palabras y de sus cuerpos? ¿Cómo hago para controlarlos? ¿Por qué los dioses habrían de abandonarme, si prácticamente lo he dejado todo para vengar el mancillado honor Griego? ¡Oh Zeus! ¡Oh madre mía! ¡Alumbradme! La astucia envidiosa de estos hombres quiere arrebatarme, en un instante, mis honores y mi futura gloria. Por ninguna razón he de permitir que sigan reuniéndose, pues de hacerlo ha de brotar la conspiración de sus aladas palabras y la traición de sus oscuros pensamientos.

A pesar de este alto poder que he recibido, tengo que confesar que nunca he estado de acuerdo con este conflicto, me parece ridículo pelear una guerra por una mujer. No puedo comprender porqué Zeus permitió que el miserable Paris se llevara a la hermosa Helena, comparada en belleza e inteligencia a la más divina de las mujeres griegas: mi fiel Clitemnestra, su hermana. Por razones obvias yo no puedo dar crédito a ciertas habladurías, pero...tal vez todo se debió a lo que se comenta en toda la Hélade, de que las hijas de Tindaro están condenadas al adulterio, pues su madre, Leda, estando preñada de éste, fue seducida por Zeus transformado en cisne, lo cual provocó la ira y esa maldición de su mujer, Hera la de ojos de novilla. Claro que no puedo creerlo porque mi mujer es muy fiel, prefiero pensar y estoy casi seguro de ello, que lo que sucedió fue que como Helena es muy ardiente, como su hermana, el rubio Menelao no fue capaz de complacerla. Tampoco creo que para seleccionar al marido de su hija, Tindaro haya ideado involucrar a los pretendientes mediante juramento, para que juntos defendieran el honor de Grecia en el caso de que alguien raptara a Helena ¿Porqué habrían de raptarla? Nojoda ¡Ni que fuera adivino! No, no creo que él nos haya metido en esta calamidad que nos aflige; lo que he escuchado, recuerden que a mi me cuentan muchas vainas, es que quien ideó tal ardid fue el cara de perro Odiseo, ique apiadándose de Tindaro por el gran problema que tenía; cuando se dio cuenta que él, que era uno de los pretendientes, no podría quedarse con Helena le propuso a Tindareo todo este enredo. A cambio logró que éste, agradecido, le entregara al bomboncito de Penelope, su sobrina. Esta versión no la dudaría en absoluto, pues hay que ver que este tipo se las trae cuando de inventar marramucias se trata; sin embargo, a pesar de que se dice tan valiente, hasta el loco se hizo para tratar de no venir a la guerra.

Volviendo con lo de mis sospechas, recientemente sentí el soplo divino de Eris en mis oídos y, aunque sé que ella es medio tracalera, me ha inspirado cómo habré de controlar las envidias de mi hermano, del adivino y de los tres despreciables guerreros. A Menelao puedo manejarlo a mi antojo, siempre lo he hecho; al envidioso e iracundo Aquiles le tengo una sorpresa: en su travesía hacia Áulide, los hijos de los varones aqueos le dieron como retribución una preciosa hembra de bien marcado talle: Briseida, la de las hermosas mejillas; estoy seguro que si se la quito se muere de la arrechera y nos abandona; con él se iría el adivino que es como su perro faldero. Con Odiseo la cosa es un poco más difícil pues es muy astuto el hijo de…Laertes, pero tiene una debilidad muy especial por las armas bien labradas y ricamente adornadas y pulidas; bien sé que haría cualquier cosa por ponerse en las armas del Pelida, a quien envidia y teme, cuyas armas fueron forjadas por Hefesto. ¿Y Ayante? Bueno, él es medio loco, debo ser muy discreto con el hijo de Telamón, ya que por quítame esta paja es capaz de degollar al mismísimo Zeus; justamente esa capacidad de enloquecer es la que voy a orientar hacia Odiseo para que se peleen entre sí, pues de esa pelea las únicas ganadoras han de ser las Erinias, quienes habrán de perseguirlos hasta en el inframundo, de ser necesario. De todas maneras, ¡Yo soy el poder legítimo!, tengo a mi disposición la fuerza y la violencia, que son sus atributos esenciales; cuando quiera los elimino, ya sea con la astucia, la palabra o con las armas.

Por supuesto, que todo este plan es para desarrollarlo después que arrasemos y saqueemos a la de amplias calles y bien fortificada ciudad de Troya, porque ellos son mi garantía de triunfo, no tengo la mínima duda; mientras tanto, he de mantenerles separados. Después de tanta tragedia, tanto dolor y tantas lágrimas en mi familia, por fin llega el ansiado poder a mis manos y la añorada felicidad a mi espíritu. ¡Hasta aquí llegó la tragedia de la familia Atrida!

Hace poco vino Euribates, mi heraldo, para avisarme que tenemos una asamblea especial, porque ique hay mucha preocupación por la falta de viento favorable para mover las negras naves. Espero que el viejo ese, Néstor, no se haya metido a conspirador y chismoso y esté sembrando inquietud y zozobra para convocar esta reunión. De todas maneras, me tiene sin cuidado pues yo soy el que manda aquí y, además, lo que ellos no saben es que la diosa de este calmado lugar, Artemisa, es una de mis protectoras y no tardará en cumplir cualquier ruego mío, pues, cual conviene, variadas y múltiples hecatombes, con pingües muslos de toros y de cabras le he ofrecido y he bebido el vino que jode en su nombre; sin embargo...aunque no estoy seguro, me parece recordar, mejor dicho, siento como si algo que le prometí se me hubiese olvidado. Bueno...me voy al Ágora, después les sigo contando.


F I N

Bibliografía: Ifigenia en Áulide, una tragedia de Eurípides datada en el año 409 a. C.

lunes, 20 de octubre de 2008

AVENTURA EN EL MAR SARÓNICO. CAP 8 (FINAL)


AVENTURA EN EL MAR SARÓNICO
Capítulo Final

- ¿Qué puedo deciros de los dioses sin causar con ello pesar en vuestros corazones? Según quiera un dios todo el mundo ríe o llora, ya que ustedes son para ellos como son las moscas para los chiquillos: los matan por diversión y, aunque ustedes bravuconeen de vez en cuando, ellos son los que controlan todas las situaciones. Muchas acciones ejecutan los dioses contra lo previsto, aquello que se esperaba no se cumple y de lo inesperado encuentra un dios la salida. No ganaría yo nada si tratara de explicarle a Agamenón, el soberano de hombres, y al resto de ustedes, que todo este embrollo obedece a un plan, a una treta de Zeus para sembrar la muerte y la discordia entre los mortales, porque considera que son muy numerosos “Aligerar el peso de los hombres sobre la tierra” es su plan. Así como no hará caso a Casandra, quien habrá de ser su amante, Agamenón, el rey de reyes, mucho menos creerá en mis palabras si le digo que al regresar a la amada patria, le espera una penosa muerte a manos de su adúltera esposa y de Egisto, su amante. Menelao y ninguno de vosotros me creería si les dijera que Helena nunca fue raptada por París sino que, por instrucciones de Hera, Hermes se la llevó a Egipto para ponerla bajo la protección del rey Proteo, el más sensato de todos los mortales y que la que se encuentra en Troya es una falsa imagen de ella. El divino Odiseo, en ardides a Zeus comparado, no daría crédito a mis palabras y no podría entender porqué su regreso a Ítaca le tomará diez años y que en su desesperación habrá de visitar a su madre en el Hades; además, aunque me desprecia y considera insignificante, no me creerá que al principio de la llegada a su reino, sólo confiará en gente humilde e insignificante: el porquero Eumeo y su nodriza Euriclea, quien le reconocerá por una cicatriz que le hizo un jabalí en una de sus piernas. Tampoco ha de creerme que con el porquero, el boyero y su hijo Telémaco, asesinarán y dejarán insepultos los cadáveres de los ilustres pretendientes de Penélope, entre ellos al rey Antínoo, a Eurímaco y a Anfimedonte. Como Ayante es un hombre noble y vulnerable, y aunque sé que tampoco ha de creerme, le advierto que a pesar de que tome las previsiones e intente no dejarse arrastrar por la locura, los dioses han dispuesto para él un final horrible y sus ahora amigos, que habrán de ser luego sus enemigos, no querrán que se le dé sepultura a su cadáver para que sea alimento de aves y perros hambrientos. El único que ha de regresar felizmente a su hogar y ha de vivir larga vida eres tú prudente Néstor, aunque no feliz del todo pues en esta inútil guerra habrás de perder un hijo, ¡Ah, se me olvidaba!...Aquiles morirá enfrente de la bien amurallada ciudad de Troya, después de dar muerte al valiente Héctor. ¿Y quién o quienes serán los causantes de semejantes atrocidades? ¡Les dejo a ustedes la respuesta!

Cuando terminé de hablar, los cuerpos de los terribles guerreros, a excepción del de Néstor, comenzaron a titilar y se fueron desvaneciendo simultáneamente con los de los soldados que los acompañaban, incluso el del muerto. De repente todo el ambiente oscureció por completo y casi al mismo tiempo comenzaron a encenderse las luces del gran salón. Sólo quedó el prudente Néstor, pero su cuerpo lo fue envolviendo una niebla que comenzó a moverse hacia donde yo estaba, hasta posarse sobre mi cabeza. Mis compañeros de viaje y mi querida amiga, aunque mantenían los ojos abiertos, continuaban inmovilizados. En la niebla reconocí a la divinidad que antes había hablado conmigo, pero su hermoso rostro risueño y gozoso al principio, cambió de repente y colérico me increpó:

- ¿Y por qué no mataste a Aquiles? Le hubieras quitado un gran peso de encima a la de bellas calles y bien fortificada Troya y a todo el pueblo troyano.
- Respetado dios, yo no pude hacerlo porque yo pertenezco a otro tiempo y ...
- ¡Pamplinas! ¡Qué tiempo ni qué tiempo, eso aquí no existe! ¡Aquí lo que existe es la acción y las rápidas decisiones!
- Está bien, pero de ser así, entonces habría tenido que evaluar las posibilidades y el sacrificio o sacrificios implícitos en mi decisión.
- ¿Ah sí? ¡Entonces quédate con tus muertos! Yo me regreso al…al…Olimpo a…
- Espera un momento exaltado e iracundo dios, en tus imprecisas instrucciones me indicaste que venciera su mal genio, no que lo matara; me tuviste abandonado casi todo el tiempo y hasta ahora ni siquiera sé quien eres. ¿Sabes lo que significa tomar una decisión convulsiva? ¿Es eso lo que te gusta? Pues bien, yo no iba a caer en la trampa en la que han caído estos infelices reyes por vuestra culpa. Si no hay capacidad para pensar y reflexionar, se inicia, mejor dicho, se acentúa la convulsión y el espasmo como el método, la regla y la norma en la toma de decisiones y los resultados son estos que ahora tú ves: Unos reyes desesperados que les sabe a estiércol la vida de los demás y que viven aterrorizados sólo pensando en cuan perversos pueden ser ustedes los dioses si no se cumple con sus caprichos, pues no los veneran ni respetan sino que les temen y sus pensamientos, que ustedes no pueden ver pues es lo único libre en ellos, sólo están llenos de odio y desprecio hacia los dioses.
- ¿Te has vuelto loco? ¡A mi no me vas a confundir como lo has hecho con esos cretinos!
- ¡Claro que no te voy a confundir! ¡Ya tú estás confundido! Si no, lo primero que....
- No, no, no, no...espera un momento, no sigas hablando estupideces y vamos a tratar de ver como podemos revivir a esos muertos y salir de este enredo, para que esta nave llegue a puerto como si aquí no hubiese sucedido nada.

Mi asombro fue infinito. De repente escuché la fuerte música interpretada por el grupo griego, el mismo cantante y las mismas chicas norteaméricanas bailando como desesperadas en la tarima. El dios había desaparecido.

Me arrimé lentamente hacia mi amiga y le dí un beso en la frente, acerqué mis labios a su oído izquierdo y le susurré quedamente: Llegamos a Atenas mi amor. Ella abrió sus hermosos ojos, me dio un gran abrazo y emocionada me comentó que había tenido un profundo y extraño sueño; luego, me preguntó por mis lentes, pasó su mano sobre mi frente y me dijo que tenía unos rasguños y sangre seca sobre ella.


F I N
Por: Julio C. Chávez G.
Caracas 20 de octubre de 2008

lunes, 6 de octubre de 2008

AVENTURA EN EL MAR SARÓNICO. CAP 7







AVENTURA EN EL MAR SARÓNICO
Capítulo 7o

- Di un paso al frente y comenté: Sabio y prudente hombre, yo no puedo hablar si el poderoso rey Agamenón no me lo permite.
- ¡Injuriador lanza palabras!...No, no, disculpa hombre, puedes hablar – rectificó el gran rey.
- Gracias Oh, gran y poderoso rey. Lo que yo tengo que deciros, es que por una de esas jugarretas extrañas del destino de los hombres o de los dioses o no sé de qué...nos topamos con algo que en mi mundo llamamos un paso atrás, que como una ironía del dios Cronos, o tal vez como un desafío a su hijo Zeus, que lo destronó del Olimpo, nos puso en contacto con lo que nosotros conocemos como una dislocación dimensional del tiempo y nos sumergió en problemas que no nos incumben. Por ejemplo, hay una tragedia en la vida de la familia Atrida, con la cual nosotros nada tenemos que ver y cuyo único culpable es un padre irresponsable; la perversa tradición de los dioses griegos, ha metido en la cabeza de todos vosotros que las culpas de los padres deben ser pagada por sus hijos. Esta falacia, y muchas otras, la avivan y son el medio de subsistir de farsantes como este adivino que os acompaña, cuya estupidez, soberbia y envidia han de enfrentarlo, en Colofón, con un adivino de verdad: Mopso, el hijo de Apolo, el resultado pueden ustedes deducirlo.
- Pero...son muy graves y ofensivas tus afirmaciones ¿Cómo sabríamos que no mientes?
- No miento porque yo hablo con la verdad, como lo haces tú prudente y sabio hombre, hijo de Neleo y Cloris, a quien Apolo le concedió vivir muchísimos años. Las palabras duras, aunque sean ciertas y justas, muerden, y la verdad es algo que los oídos de algunos no les gusta escuchar; además, cualquiera que hable con la verdad y le diga palabras sabias a un ignorante parecerá que no está en su sano juicio. Los reyes son el centro de las más continuas e insistentes adulaciones y, como el poder corrompe, se acostumbran a escuchar mentiras y no tienen oídos para la verdad; por ello, se hacen prepotentes, envidiosos y perversos, lo cual induce a que la misericordia, la sabiduría y la justicia les abandone.

Los cinco terribles guerreros, todos reyes, comenzaron a inquietarse, Agamenón estaba furioso. Calcante intentó pronunciar algunas palabras, pero ante la fúrica mirada del prudente Néstor se cruzó su capa por el frente y se marchó balbuceando maldiciones. ¡Eureka! Había vencido al adivino. En mi mente comenzó a tomar forma y sentido la señal de Néstor; definitivamente me estaba ayudando, pero...¿por qué? Por mis acosados pensamientos emergieron varias posibilidades, pero la que más acertada me pareció fue que él no estaba de acuerdo con esta guerra inútil y para probarlo, encorajinado continué:

- En campañas o guerras como esta, movidas por un error increíble e imperdonable de todos los reyes de Grecia...
- Un momento. ¿Cómo es eso de que por un error increíble de todos los reyes de Grecia?
- ¿No os dais cuenta admirado y prudente hombre, que no se debería comprometer el destino y futuro de un reino, para defender a..., vi hacia Menelao,...un cornudo medio hombre? ¿En la cabeza de quién puede caber el abandonar a su familia, sus posesiones, su vida, su libertad y exponer la vida de sus guerreros, para defender una causa injusta que os va a llevar a las más grandes tragedias? Además, ese mismo hombre, de tan malos sentimientos, impulsado por la ira de saberse burlado por su mujer, fue incapaz de sentir compasión por su tierna y preciosa sobrina Ifigenia y convenció a su hermano de que estaba equivocado, cuando, arrepentido, había dado la orden para que no se la trajeran a Áulide, adonde ha de ser sacrificada. ¡Nadie la dicha alcanzó actuando injustamente!

Menelao tragó fuerte y bajó la cabeza. Lentamente, con mucho cuidado, apretó la empuñadura de su espada; su bronceado y hermoso rostro se había tornado de un rojo intenso; me dio la impresión de que estaba convulsionando, para después quedarse inmóvil, con sus perfectas facciones cambiando de tonalidades hasta tomar la apariencia de grises rocas. ¡Qué alegría mi deducción había sido correcta! Los terribles guerreros no apartaban su mirada de mí y no se percataron de lo que estaba pasando con el rubio Atrida. Pensé que ahora era el momento de dirigir un ataque contundente contra Aquiles y proseguí:

- ¿Cómo piensas tú, o qué creerías tú, sabio y prudente hombre, de un gran guerrero de este ejercito que se cree invencible, inmortal? ¿Qué oscuros pensamientos no ha de ocultar su alma, hacia el simple mortal que lo dirige, aunque sea un gran rey?
- ¿A quién te refieres sabio hombre?
- Me refiero al semidios que os acompaña, Aquiles, quien se miente a sí mismo creyéndose inmortal y cuyos ojos no pueden ocultar la envidia, ni sus pensamientos sus actos. Que oculta en su careta de eterna ira, sus frustraciones y el menosprecio que siente hacia todos los que le rodean, con excepción de su amigo Patroclo a quien ama con locura y a quien habrá de empujar a la muerte por su terquedad. Él pudo haber sido inmortal, ¡Pero no lo es! pues Zeus y Poseidón que se disputaban el amor de su madre, al saber que el hijo de Tetis con un dios sería un dios más poderoso que ellos, decidieron casarla con un mortal.
- Explícame...¿Cómo puedes saber tú un secreto de dioses y de un guerrero tan poderoso? ¿En verdad conoces la debilidad del Pelida?
- Yo sé muchas cosas que ustedes no saben y en verdad os digo carísimo señor que sí conozco la debilidad de Aquiles y os lo voy a demostrar. Cuando su madre Tetis le quiso hacer invulnerable, lo sumergió en el lago Estigia sujetándole por los talones; al sacarlo...

Antes de que terminara de hablar, Aquiles saltó al centro convertido en un energúmeno; se despojó del fornido yelmo sobre el que ondeaban las áureas y espesas crines de caballo que Hefesto colocara en la cimera; se quitó las grebas ajustadas a las piernas con hebillas de plata y lanzó al piso la hermosa coraza que brillaba como un astro. Nuevamente arrojó a mis pies la gigantesca espada de bronce guarnecida con clavos de plata y colocándose enfrente de mí gritó con todas sus fuerzas: “¡Ahora sí tendrás que matarme cara de perro!” y tomó la lanza que sólo él podía manejar. Yo me quedé petrificado, al punto de no poder coordinar palabra ni movimiento alguno; su aliento, indescriptible, inundó mi olfato y pulmones, y sentí innumerables partículas de su saliva salpicar mi rostro; levantó sus brazos e invocó a Tetis y a su padre Peleo. Miré hacia Néstor y a mi alrededor buscando ayuda, pero Néstor permanecía inexpresivo, los compañeros de viaje estaban tan aterrorizados como yo y mi compañera estaba desmayada en el rincón del sofá. Me agaché y con mis dos manos intenté levantar la espada; cuando ya me daba por muerto, todo el cuerpo de Aquiles se fue recubriendo de una niebla blanca, espesa, azulosa y el terrible guerrero se desvaneció en el aire.

Los tres guerreros restantes estaban asombrados, Menelao continuaba en estado cataléptico, petrificado y el Prudente Néstor permanecía a un lado observando la cara de sorpresa de éstos; solté la empuñadura de la espada, al reincorporarme ellos se echaron hacia atrás, desenvainaron sus armas y se pusieron en guardia. Afortunadamente, el Prudente Néstor se adelantó y pronunció estas aladas palabras:

- Ya os decía yo mis carísimos amigos que no se debe menospreciar a ningún hombre por sus apariencias, ¿Habéis perdido la razón? ¡Guardad vuestras armas! ¿Es qué en nada estimáis la vida o es que habéis perdido enteramente el juicio? ¿No os dais cuenta de que no nos enfrentamos a un simple mortal? Oh, mi queridísimo rey, tenéis que aceptar que aquí no hay ninguna traición ni estamos en frente de ningún espía, sino en presencia de un hombre sabio y poderoso; preciso es que lo dejemos contar en sus propias palabras las razones que lo mueven a insultar a los reyes más poderosos de Grecia y a poner en duda los designios de los dioses. Por favor, poderoso forastero contestad como el corazón y el ánimo os lo ordene.

Odiseo estaba como una fiera encadenada; sin embargo, los otros dos guerreros casi habían recobrado su compostura y Menelao parecía estar saliendo de su letargo. Presentí que estábamos llegando al punto culminante de aquel drama y que era preciso utilizar un argumento certero y convincente que nos diera la libertad.

- Tenéis que oírme para que os diga lo que mi ánimo me ordena dentro del pecho y si algunas palabras desagradables he de deciros, que las arrebaten los vendavales y se las lleven. Lo que me mueve, sabio y prudente hombre, es la justicia; lo que me mueve es la salvación de todos estos inocentes atrapados en este barco, pues mi vida no importa nada; lo que me mueve, estimado y sabio hombre, es que por la flaqueza y falta de virtudes de hombre, un rey sea despojado de la más hermosa hembra y que este hecho sea utilizado como justificativo para destruir una bella ciudad junto con todos sus habitantes y que un guerrero noble y valiente pueda sucumbir por las truculencias políticas de quienes lo consideran estúpido y loco; lo que me mueve, es la ignominia de un adivino que no se conoce a sí mismo y las mentiras y traición de un hombre muy astuto que metió en esta absurda guerra a todos los reyes griegos y cuyas artimañas llevaron a Ifigenia a Áulide, a la captura de todos nosotros y al asesinato de tres hombres valerosos; lo que me mueve, sabio y prudente Néstor, es una desmedida frustración y sed de venganza por la muerte de una madre suplicante y por la muerte de un guerrero, a quien no le dieron la oportunidad de morir como un héroe en batalla, víctimas ambos de la intolerancia y de la estupidez de dos hombres soberbios y prepotentes.
- ¿Y de los dioses...qué dices?

Mis pretensiones, de que tenía en el prudente hombre un aliado, comenzaron a esfumarse y pensé que con su última pregunta Néstor me había tendido una trampa. ¿Qué podría yo contestarle para que no se nos vinieran encima y acabaran de una vez con todos? De inmediato me vino a la mente la imagen de la carnicería que Odiseo, su hijo y dos hombres más habían hecho en su palacio de Ítaca, cuando por su mano la divinidad hizo sucumbir a los ilustres pretendientes de Penélope; no quise imaginar lo que nos pasaría si, además de él, estaban los otros tres terribles guerreros. Por segunda vez advertí que los ojos de todos mis compañeros turistas estaban pendiente de mí, que seguían esperanzados en cada uno de mis argumentos y que con el movimiento de sus cabezas aprobaban todo lo que decía, aunque la mayoría de ellos, creo yo, no entiendía lo que hablaba. Mi compañera, que había recobrado el conocimiento, permanecía en el rincón del mueble bañada en lagrimas; al cruzar su mirada con la mía observé un dejo de admiración en sus cautivantes ojos negros y en sus labios una tierna e imperceptible sonrisa; todo ello hizo que una nueva dosis de adrenalina entrara como una ráfaga a mi torrente sanguíneo y la calma y el valor reaparecieran. “En el nombre de Dios” dije para mis adentros, me persigné e inicié mi respuesta:

FIN 7º CAP BLOG

lunes, 29 de septiembre de 2008

AVENTURA EN EL MAR SARÓNICO. CAP 6



AVENTURA EN EL MAR SARÓNICO
Capítulo 6o

Sentí que había ganado un nuevo round y un tiempo precioso para reorientar mi estrategia de confusión y discordia, que, definitivamente, estaba funcionando a las mil maravillas. Agamenón estaba confundido, Aquiles y Odiseo enfurecidos; Ayante y Calcante meditabundos y envenenados, pero aún no había podido meter a Menelao de frente en la disputa; sin embargo, Ayante ya me había abierto el camino. La prudencia de Néstor iba a ser un punto culminante, que podía poner en dificultades mi plan y la vida del grupo; lo peor de todo es que no tenía argumentos para atacarlo, pues no conocía debilidades en su vida, por lo cual pensé que tal vez lo más apropiado sería ponerme de su lado y tratar de convencerlo de nuestra liberación. El dios aliado no se manifestaba y yo no sabía hasta cuando podría funcionar mi memoria para inventar tantos disparates. Miré a mi alrededor tratando de hallar aliados entre el grupo de turistas, esta vez observé que sí me miraban y que sus ojos mantenían un dejo de esperanza, ¡Pero no se movían!

El Prudente Néstor llegó ataviado de un resplandeciente uniforme; era alto, de apariencia imponente. Se quitó el casco, su corta cabellera blanca, plateada como las nieves del Olimpo, apareció haciendo juego con una pequeña y bien cuidada barba; todo contrastaba con su piel morena y unos ojos azules, profundos, vivos y escrutadores que comunicaban sabiduría, seguridad y bondad. A diferencia de lo ocurrido con Calcante, a su llegada todos lo saludaron y Agamenón fue de lo más emotivo, pues era a quien ,de los viejos, más apreciaba. Al ver los cuerpos de la mujer y del soldado, tirados en el piso y ensangrentados, y los otros hombres colgados en el mostrador del bar, sus ojos se llenaron de asombro por un instante. El orador sonoro de los pilios, el de la palabra suave, habló así para conmocionar a los cinco terribles guerreros y al adivino:

- Lo que veo parece que hubiese sido hecho por bárbaros; lo que veo no me gusta nada y me llena de preocupación e impaciencia. No puedo asombrarme ¡Oh, amigos! de que un hombre de oscuro linaje caiga en error, cuando los que son nobles de nacimiento incurren en tales aberraciones. De noble estirpe es vuestro ser esencia, para alcanzar la gloria habéis nacido y no para vivir cual brutos sin conciencia. ¡Ay, en verdad, un gran dolor se acerca a la tierra aqueida!, no hay aquí señales de violencia mayor, no arden las hermosas murallas de ningún reino, pero veo la sangre de un valiente guerrero griego y de cuatro desdichados, parte de la cual mancha las sandalias tuyas gran señor y las del magnífico Aquiles.

Ambos aludidos dieron un salto hacia atrás, limpiaron sus sandalias en la alfombra del gran salón y todos bajaron la cabeza en señal de haber acusado el efecto de sus palabras. Agamenón, dando muestras de la admiración y respeto que sentía por aquel hombre lo abrazó y reconoció su falta, luego tomó la palabra y contó hasta el mínimo detalle lo que hasta ahora allí había sucedido, con los argumentos de todos, acción por acción, letra por letra. Yo estaba sorprendido y asombrado por la capacidad de memoria del rey de reyes, con razón le habían nombrado comandante de todos los ejércitos griegos. ¿Qué podía hacer yo ante esta descomunal virtud? ¿Y, dónde estará el dios aliado? De todas maneras, y aunque estaba inmerso en mis preocupaciones, el recuento me sirvió para sopesar el estado de la situación con cada uno de los guerreros y con el adivino, y me puso sobre aviso para que de ninguna manera cayera en contradicciones, pues ello sería mi perdición y la de todos. El prudente Néstor se abrió su manto, lo echó hacia atrás y comentó:

- Yo os voy a contar de un hombre de apariencia insignificante como éste, que fue de gran apoyo para que varones mejores que vosotros, que nunca había yo visto, ni creo verlos en lo venidero, como eran Peritoo y Driante, Cineo y Exadio y Polifemo y Teseo el Egeida, pudieran vencer y exterminar a las más fuertes y montaraces fieras: los centauros de Tesalia y el gigante Ereutalión. Pues bien, ese hombre insignificante se presentó ante tan magníficos hombres y nunca lo menospreciaron, sino que una vez escuchadas sus palabras pidieron sus consejos y siempre le obedecieron. En su juventud fue el único de sus hermanos que se libró de morir a manos de Heracles, luchó contra los Monolídas, participó en la cacería de Calidón, formó parte de la expedición de los Argonautas y ahora lucha en la guerra de Troya. Ese hombre mis carísimos amigos, ese hombre de apariencia insignificante era yo. Nunca menospreciéis a un hombre por más despreciable que os parezca; puede ser un espía de los bárbaros, puede ser un traidor, pero...puede ser un gran sabio y prudente hombre o un mensajero de los dioses, enviado para aclarar una interpretación errada del Oráculo. Además, tenéis que estar más que convencidos de la imposibilidad de que un simple y ordinario mortal pueda haber causado tan funesta confusión a un rey tan poderoso, a cuatro de los hombres más valientes de Grecia y a un adivino que dice tener la confianza de los dioses y poder ver el porvenir.

Pensé para mis adentros que todo mi esfuerzo estaba perdido. Con sus palabras, noté que casi regresaba la compostura en los amarrados rostros de los cinco terribles guerreros. El Prudente Néstor continuó:

- Por su apariencia, no creo que pueda soportar ni siquiera la estocada de una espada blandida por mis, ahora, temblorosas manos.

Mientras hablaba, caminaba en círculos, con un andar lento y firme, parándose algunas veces para mirar directamente a los ojos de los guerreros; sin tomar en cuenta al adivino continuó:

- O tal vez....

Se me acercó y colocó su mano derecha sobre mi hombro, sin tocarme; me pareció ver, muy subrepticiamente, un guiño en sus ojos.

- O tal vez..., repetió, desaparezca como desaparece la niebla en nuestras manos, cuando intentamos acariciarla para sentir su suavidad y frescura, o se mueva y se haga más espesa, como nos sucede al navegar y ella nos envuelve para cerrar nuestros ojos y arrojarnos a los acantilados si nuestros sacrificios no satisfacen a los dioses o cuando hemos osado desafiarlos. No, no creo conveniente menospreciar a este hombre de tan delicada y extraña apariencia, y si no estáis de acuerdo conmigo, os invito a cualquiera de ustedes a que cercene su cabeza de un sólo tajo.

Al principio sentí que el terror me invadía por completo, pero luego entendí que me estaba abriendo el camino al crear la duda y dejarla flotando en el ambiente; además, estaba casi convencido que el parpadeo que había visto en sus ojos, era la señal de algo que aún no atinaba a comprender. Los cinco terribles guerreros permanecieron visiblemente rabiosos, pero ninguno se atrevió a tomar la iniciativa; sin embargo, Calcante dio un paso adelante y comentó:
- Según lo que he podido deducir mi caro y prudente Néstor, este hombre es un farsante pues ya estaba aquí en el momento en que los abordamos.
- No sé en qué puedes basar tu deducción, tú dueño de intrigas, pues al igual que yo, no estabas aquí cuando los más valientes guerreros de Grecia entraron en esta extraña embarcación. Haber, toma mi espada y has lo que te dicta tu conciencia de hombre sabio.
- ¡No, Prudente Néstor! Yo no puedo matar a nadie, yo soy un sacerdote de los dioses, que defiende la vida y busca la felicidad de los hombres.
- ¡Mentira! Tú no eres ningún sacerdote, tú eres un adivino de dudosa reputación, pues, que yo sepa, son muy pocos los augurios que te han resultado ciertos.
- Pero...Prudente Néstor, ¿es que crees que los augurios de los oráculos resultan siempre ciertos?
- ¡Claro que sí!, porque el Oráculo siempre dice la verdad y los que fallan son los hombres al interpretar sus augurios, así como te pasa a ti, porque desde que he oído mencionar tu nombre nunca has acertado una con el gran rey Agamenón o con su familia y sólo les has causado las más terribles penas.

Los argumentos del prudente Néstor eran tan contundentes, que cuatro de los terribles guerreros dibujaron una leve sonrisa, salvo Aquiles que amarró su cara nuevamente, recogió su casco y se lo enterró hasta el cuello, para que sus ojos no pudieran verse.
- Yo quiero saber directamente de este valiente hombre, por qué desafía a los dioses, al heroico ejército Griego y al rey más poderoso del universo. Por favor, buen hombre habla y explícanos.
FIN 6º CAP BLOG

lunes, 22 de septiembre de 2008

AVENTURA EN EL MAR SARÓNICO. CAP 5



AVENTURA EN EL MAR SARÓNICO
Capítulo 5o


Calcante era un hombre pequeño y delgado, de cabellera grisácea, abundante, que casi le llegaba a las tupidas cejas y una gran barba redonda que le cubría la mitad de la cara; sus ojos eran increíblemente negros y brillantes, y sus movimientos parsimoniosos y bien estudiados. Observé, con regocijo, que sólo Aquiles y Odiseo lo saludaron con un ligero movimiento de cabeza; deduje que el adivino no era santo de la devoción de los otros tres. El gran rey tomó la palabra y sin saludarlo comentó:

- Este hombrecito que ves aquí, vestido de blanco y calzando tan extrañas sandalias, ha osado poner en duda la capacidad del comandante de esta expedición griega y ha cuestionado el poder de la divina Artemis. Dice conocer el pasado, el presente y el porvenir, y aunque algunas cosas pasadas las ha recordado como si fuera un Griego, en sus palabras de bárbaro ha comprometido el porvenir de todos los que aquí estamos. Mi deseo es que habléis con él y que, con el poder que te han dado los dioses, nos digas cómo adivinó los nombres nuestros y quién ha contado a este bárbaro las cosas que nos ha dicho, pues ello me ha hecho pensar que se trata de un espía troyano en contacto con algún poderoso, traidor de nuestras huestes. Solamente él podrá decirnos de quién o de quienes se trata.
- ¡Este bárbaro es un farsante, quitadle la túnica! -gritó con voz chillona Calcante sin pensarlo dos veces.
De un sólo tirón, Aquiles me despojó de la cortina; quedé en franela, pantalones cortos y zapatos de goma; mis lentes cayeron al piso, los cuales recogí rápidamente y me los puse.

- ¡Quitadle esa fuente de magia que ha colocado sobre sus ojos! –chilló de nuevo el adivino.

Esta vez fue Odiseo quien me arrancó los lentes y con sus grandes uñas arañó mi frente que comenzó a sangrar y salpicó sus dedos. Me aterrorizó la fuerza descomunal de este hombre, quien con el sólo roce de sus dedos con mi frente, casi me hizo caer al piso. ¿Porqué tuve que hacer caso a esa aparición? Sentí un miedo profundo y, a pesar del intenso calor reinante en el salón, un frío desagradable comenzó a recorrer mis piernas. Vi a mi alrededor buscando apoyo, pero los ojos de mis compañeros viajeros se desviaban hacia el piso cuando mi mirada se encontraba con las suyas y mi compañera, acurrucada en el rincón del sofá, parecía haberse comido las uñas y las puntas de sus dedos. Cuando estaba a punto de desesperarme, percibí una voz en el centro de mi cabeza: “Ánimo, ya comenzaste, no te acobardes; ese adivino es tu principal enemigo en este instante, anímate, atácalo, no lo dejes pensar”; el coraje regresó lentamente y aunque presentía que era mi fin, intenté un nuevo argumento.

- Te has equivocado Calcante, adivino de malos augurios para la familia Atrida, y tú Odiseo has manchado tus manos con mi sangre de inocente e hijo del dios más poderoso del universo, ya sabes a que te has expuesto, y te digo y adelanto, que tu destino después de esta guerra será terrible; vagarás durante diez años, por mares desconocidos para aumentar el dolor y el sufrimiento de tu mujer y de tu hijo; tu madre ha de morir en tu ausencia y tu padre ha de retirarse a vivir en la más desolada existencia.
- ¡Calladle y matadle de una vez! Gritó Calcante.
¡No! - gruñó Agamenón y desenvainó su espada; también lo hicieron Aquiles, Odiseo y Ajax, Menelao estaba indeciso. El gran rey se me acercó y colocó el canto de su ensangrentada espada sobre mi cuello... a ver charlatán ¿qué tienes que decir?
- ¿No te das cuenta, Oh, gran rey que este adivino de malas pulgas no quiere que hable? ¿Recuerdas quién predijo o interpretó los deseos de la diosa Artemis para sacrificar a tu hija? ¿Sabes de alguna vez que los vaticinios del perverso Calcante hayan estado a tu favor o...a favor de tu familia? ¿No te has dado cuenta que detrás de esos pequeños ojos negros de serpiente venenosa, se esconde una gran ambición de poder que incluye tu vida misma? ¡No confíes en adivinos, los mejores adivinos son la razón y el sentido común!
- ¡No lo dejes hablar gran rey, matadle o lo haré yo mismo!

Agamenón movió su espada y la colocó sobre el cuello de Calcante, seguidamente dijo:

- ¡Callad insensato adivino de malos presagios! ¿No serás tú el traidor de mis temores? ¿Por qué no lo dejas hablar? Esto es algo que no logro explicarme y me llena de incertidumbre, ¿Cómo es posible que el arte antiguo de este adivino no ha sabido traerme nunca otra cosa más que la perturbación y el terror? Ambiciosos y perversos son los adivinos todos; yo quería que se quedara en tierra, pero Aquiles se opuso con tanta vehemencia que no me quedó otra alternativa que traerlo ¿No estarás tú, Pelida, conspirando con esta serpiente?

Aquiles se movió y con su espada desenvainada, se colocó al lado de Calcante para iniciar un iracundo ataque increpando a Agamenón:

- Rey desdichado, causante de tanto dolor y de acciones funestas, no se te ocurra levantar tu espada en contra de este hombre sabio y honesto, en quien los dioses han puesto sus palabras y su confianza; quien ha sido capaz de interpretar los ambiguos e intrincados mensajes que Ptia, la infalible pitonisa del Oráculo de Delfos, comunicó a sus fieles sacerdotes. Él te está guiando en esta gloriosa campaña hacia Troya.

Pude observar, que las arterias del cuello de Aquiles estaban a punto de estallar y para mi beneplácito comprobé que este par de colosos se odiaban. Aunque todo estaba tomando otro rumbo, me convenía que la discusión se centrara en torno al adivino, de acuerdo a la recomendación del dios. Aprovechando que el Pelida se había callado un momento, para escuchar algo que Menelao le susurraba al oído, me entrometí:

- ¿Gloriosa campaña? Por lo menos hasta ahora no tiene nada de ello, sino que por el contrario está llenando de consternación y amenaza con el terror y la conmiseración de una tragedia más para la familia Atrida. Él fue quien te recomendó el Puerto de Áulide en Beocia, para que sirviera de concentración del más poderoso contingente de negras y cóncavas naves que hayan visto los ojos de dioses y mortales en toda la Hélade. Estoy seguro que él sabe, como también lo sé yo, que en esta época del año Artemis abandona esa zona y se va a recorrer la floresta con sus jaurías y su cortejo de ninfas, y que...¡En el Áulide nunca ha existido brisa para navegar en esta época del año, y las consecuencias las estás viviendo ahora gran señor!

El efecto de mis palabras fue tan desconcertante y certero que Calcante no podía salir de su asombro; todo lleno de dudas y de miedo, dio dos pasos hacia atrás y con una rodilla sobre el piso, para complicar más su situación, comentó tímidamente:

- Si ahora estamos viviendo las consecuencias no es por culpa de mi vaticinio, sino por el olvido tuyo Oh, mi gran rey, por no haber cumplido vuestra promesa a la divina Artemis.
- ¡Calla maléfico adivino!, ¿Pretendes llamarme desmemoriado o irresponsable? ¿No te basta con el dolor que ya me estás causando?
- No mi gran señor, no fue esa mi intención, la que sí está bien clara es la intención de este desdichado, de crear la confusión y la enemistad entre vosotros para que la duda, el odio y la maldad llenen sus nobles corazones y la locura inunde vuestros pensamientos.
- Por primera vez escucho algo sensato de tus envenenadas palabras, pero no puedo negar que este insolente ha mostrado sabiduría y valentía, y que habla con gran parte de la verdad.
- Si admites eso, estás demostrando que eres un rey estúpido, con cara de perro y corazón de ciervo -replicó el colérico Pelida- y que admites tener en tus lujuriosos pensamientos a Briseida, que eres un mentiroso y que tu siempre manifiesta preferencia por Odiseo os hará traicionar al gran Ayante en el caso de que mi muerte ocurriera. Pero sabed todos que en la guerra contra la bien amurallada ciudad de Troya yo no he de morir, ya que el mismo Apolo me lo ha dicho, así pues que este insolente hablador está mintiendo.
- ¿Y tú hablas de mentir? –respondí- ¿Te recuerda algo el nombre Pirra? ¿No crees que te mientes a ti mismo al creerte tan valiente? ¿Crees tú, que expondrías tu vida como lo haces si supieras o admitieras que eres un mortal, como lo son tus compañeros? Hay algo que nadie en Grecia sabe, pero que yo sí sé acerca de tu inmortalidad, que tu madre Tetis sufre mucho por ser la causante de ello, pero que tu padre Peleo ignora, aunque lo sospecha.
- ¿Y cómo sabes tú, gusano, que mis padres son Tetis y Peleo?
- Yo sé muchas cosas que ustedes no saben.
- Pero...¡Yo soy inmortal!
- ¡Mentira! claro que no eres inmortal, pero tu condición de semi dios y tu arrogancia no te permiten aceptarlo.

La reacción de Aquiles me indicó que tenía al adivino en mis manos, pero tenía que aprovechar este nuevo arrebato de ira del Pelida. En este momento pensé que me jugaría una de mis más atrevidas y peligrosas acciones, sin pensarlo dos veces se lo solté:

- Tu eres hijo de un mortal engendrado en una diosa; por ello eres un semidios, pero eres mortal porque así lo dispuso Zeus y al mentirte a ti mismo pones de manifiesto que los dioses, y semidioses, son mentirosos según les convenga y si Apolo os ha dicho que en esta guerra no morirás, entonces Apolo te ha mentido y...

Antes que continuara con mi discurso de intriga, la gigantesca y pesada espada de Aquiles cayó a mis pies, todo lleno de ira se quitó el formidable yelmo y lo lanzó al piso; rumiando gritó a todo pulmón:

- ¡Toma mi espada y mátame, si sabes cómo hacerlo, engreido cara de perro!
- ¡No!, Yo no puedo privar al valiente pueblo Griego de uno de sus más corajudos guerreros y no puedo mostrar a los dioses, sin su consentimiento, que sus hijos pueden ser mortales. Aunque me desprecies y veas en mi a un ser insignificante, yo sé cómo quitarte la vida pero no puedo ni debo poner a los troyanos en ventaja contra los griegos.

- No lo haces porque eres un cobarde y un mentiroso. ¡Soldado, toma mi espada y atácame!

El soldado, aterrorizado, bajó la cabeza en señal de respeto, pero Agamenón le gritó: ¡Tómala y atácalo!. Como movido por un resorte el soldado tomó la espada con ambas manos, Aquiles empuñó su lanza y los dos se pusieron en guardia. El soldado atacó primero y Aquiles, que podía bloquearlo fácilmente, apartó su lanza para que la espada se estrellara estrepitosamente entre el hombro y su cuello, rebotando con un sonido de trueno y levantando una nube de chispas multicolores. Luego Aquiles, con movimientos felinos, se apartó unos pasos hacia atrás y semi arrodillado lo ensartó con su lanza por el estómago, atravesó sus pulmones y lo levantó hasta que el cuerpo del soldado se deslizó por el asta; previniendo que la negra sangre llegara a sus manos, lo arrojó con la lanza sobre el teclado de los músicos.

Ayante enfurecido se adelantó con su gigantesco escudo, forrado con siete cueros de buey, y su mortífera espada amenazante, pero Odiseo se interpuso entre ellos.

- ¿Te has vuelto loco, amado y respetado hijo de Telamón?
-¿Me has llamado loco, tú cobarde Laertida? ¡Yo no soy loco! Discúlpate o te irás a dormir al Hades en este mismo momento.
- Disculpa, pensé que habías perdido el juicio y la compostura.
- ¿Y no pierdes tú la compostura y el juicio, cuando este insensato mata a mansalva a un guerrero hijo de Grecia, sin pensar que como todos nosotros él ha dejado atrás a esposa, padres e hijos para defender la honra de este rubio y afeminado cornudo? ¡Es mejor que siga contemplando la luz del día un sólo hombre, sólo uno, que miles de mujeres!
Menelao apretó sus dientes y Agamenón se dio cuenta que había perdido el control de la situación, que era necesario intervenir de inmediato, antes de que los iracundos guerreros iniciaran su danza de muerte; tan fuerte como pudo gritó:

- ¡Calmaos, calmaos ya, hijos de la gran... Grecia! ¡Y tú engendro de Eris, no vuelvas a abrir la bocota sin que yo te lo permita, pues os cortaré la lengua! ¡Menelao, id en busca del Prudente Néstor! Aquí lo que hace falta es un hombre calmado, verdaderamente sabio y no este infame adivino que ha ocasionado semejante desastre.

FIN 5o CAP BLOG

lunes, 15 de septiembre de 2008

AVENTURA EN EL MAR SARÓNICO. CAP 4


AVENTURA EN EL MAR SARÓNICO
Capítulo 4



-¿Porqué lloran insensatas? ¿No se dan cuenta que el mayor honor de un mortal es el ser sacrificado a los dioses? Además, habrán de recibir la generosidad de un rey agradecido y los mayores tesoros, que nunca un bárbaro haya podido soñar, habrán de ser suyos.

Una de las mujeres se levantó, abrazó su pierna derecha y llorando desesperada suplicó por su hija. -¡Soltadme desquiciada!- Vociferó el gran rey, pero la suplicante madre se aferró más fuertemente. El rey de reyes, apartándola de un empujón le gritó -¡Mujer, en las mujeres el silencio adorno es!-; luego, desenvainó su brillante y gigantesca espada y asestó un golpe fulminante a la desdichada madre, cercenándole la clavícula y cortando en dos uno de sus pulmones, su muerte fue instantánea; simultáneamente, la primera virgen pura de la fila se desplomó al suelo y la luz que la cubría desapareció por completo. Los cinco guerreros tuvieron un instante de parpadeo y se dirigieron interrogantes miradas entre ellos; el soldado de la cratera permaneció inmóvil, impávido como una estatua, aunque con ojos desorbitados dirigió su mirada, sin mover la cabeza, hacia la pobre mujer que había caído a su lado y cuya sangre se movilizaba hacia sus sandalias.

Sentí que debía tomar mi decisión, que este era el momento de actuar. Me coloqué la cortina sobre la cabeza y como en una especie de túnica la crucé por mi cuerpo. Me monté sobre una silla y grité lo más fuerte que pude:

- ¡Alto criminal e insensato rey! que voceas en nombre de los dioses y de la justicia, y acabas de asesinar a una inocente madre que intentaba, suplicándote, salvar a una niña que es su hija legítima. ¿Cómo osas llamar bárbaros a quienes invocando a tus dioses te suplican por la vida de sus hijas? ¿Has olvidado que Zeus es el dios de los suplicantes?

Sentí como una mordaza que aprisionaba mi hombro izquierdo y algo puntiagudo y frío que amenazaba con hincarse en mi nuca. Era el colérico Aquiles, que de un salto se había colocado a mi lado y a pesar de que yo estaba parado sobre una silla, mi cabeza estaba al ras de su nariz. La suerte estaba echada, no me inmuté e interrogué a Aquiles a pesar de estar horrorizado:
- ¿Es así cómo tratas a un hijo del Dios más poderoso del universo?
- Aquiles gritó: ¿Le arranco la cabeza?
- ¡No! espera un momento -replicó Agamenón, a este bárbaro he de matarle yo mismo. ¿Cómo es eso de que eres el hijo del dios más poderoso del universo?
- Esa pregunta he de respondértela luego, lo importante ahora es que sepas que has asesinado a una inocente y suplicante madre, y que su sangre ha cubierto tus manos ¡Sabes muy bien lo que eso significa! Además, a tu maldita extirpe Atrida se une este inútil crimen que Zeus no ha de pasar por alto. ¡Y tú, hijo de Peleo, quítame tus manos de encima! ¡No defiendas y adules a quien pronto habrá de traicionarte y escúchame! Así como mintió a su esposa, para que trasladara a Áulide a su joven y hermosa hija Ifigenia para casarla contigo, sin que tú supieras nada, así ha de mentirte nuevamente para robarte a la bellísima Briseida, pues su lujuria no le permite sacarla de sus pensamientos desde el mismo momento en que te la obsequiaron como premio a tu valentía. La presión sobre mi hombro desapareció y sentí el rechinar de su espada al entrar en la brillante vaina, pero los otros guerreros estaban inquietos y alborotados.

- Hermano, déjame matarle -replicó Menelao.
- ¡No!, ese mortal es mío y yo mismo he de matarle con mis manos, pero antes quiero que venga Calcante, pues este hombre ha dicho cosas que nadie debería saber y que me hacen sospechar de un espía o complice de una funesta traición en nuestras huestes. Los únicos que sabíamos lo que sucedió en Áulide éramos Calcante, Odiseo, tú y yo; no puedo entender cómo este pequeño y cretino mortal sepa lo que está diciendo.

Los guerreros estaban atónitos y encolerizados, pero el más sorprendido de todo era yo ¿De dónde me salió esa elocuencia y esa valentía? Sentí nuevas fuerzas al observar a mis compañeros turistas con sus caras levantadas y mirando hacia mí, sin mover sus labios, en muda esperanza, y mi compañera estaba desconcertada, llorosa y con ambas manos entrelazadas, como rezando e implorando a Dios por mi vida. Volví a la realidad y pensé que había ganado el primer round pues, según escuché a Odiseo, el adivino Calcante no estaba en la nave que nos había capturado y habría que mandar a buscar por él. Agamenón me hizo una señal para que me acercara y colocara a su lado, conjuntamente con los cuatro guerreros que ya le estaban rodeando. Estaba convencido que no debía demostrar miedo y aunque sentía que mis piernas se desmoronarían en cualquier momento, salté de la silla y caminé hacia él lenta y altivamente.

- ¿Sabes algo bárbaro? Me has hecho dudar, pero no niego que eres valiente y por ello te prometo que habré de darte una muerte rápida para que no sufras mucho.
- Estoy muy claro en eso y si te he hecho dudar he puesto de manifiesto que eres un rey débil y un rey que duda no merece ser rey.

Este bárbaro es un insolente, lo voy a matar yo mismo, pero lo voy a hacer sufrir como jamás ha sufrido perro viviente alguno –gruñó Odiseo. De un salto Agamenón y Menelao se pusieron enfrente de mí. ¡Tranquilo Odiseo, ya dije que este hombre es mío porque aquí me huele a traición! A un lado, Aquiles permanecía con mirada de interrogación y Ajax parecía desentendido de todo. Cuando se calmaron los ánimos, reinicié mi discurso de confusión e intrigas.

- En verdad, no me sorprende la actitud del hijo de Laertes, de quien dicen que en astucia es comparable a Zeus; por una de sus grandes ideas, le metió en la cabeza a Tindareo este enredo de vengar el honor de Grecia y hacer jurar a todos los pretendiente de Helena tan nefasto compromiso. Él sabía que no podía competir con la hermosura del rubio Menelao y lleno de envidia le dio esa idea a Tindareo, quien en agradecimiento le entregó a la más fiel de las mujeres de su reino, a su hermosísima sobrina Penélope, hija de Icario y de Peribea, quien ha de sufrir los más horribles ataques de lujuria de los hombres jóvenes y otros no tan jóvenes de Ítaca, mientras él esté ausente.

Iracundo, Odiseo desenvainó nuevamente su espada y comenzó a moverse con la rabia consumiendo sus pensamientos.

- Espera un momento, rey de los cobardes y de las mentiras; estás enojado porque también tú eres un rey débil. El gran rey Agamenón sabe muy bien que para evitar venir a la guerra os hicisteis el loco, no para defender a tu hermosa mujer, a tu pequeño hijo o a tus ancianos padres, sino que lo hiciste por cobardía.
- ¡Cállate bárbaro! ¡Por andar diciendo estupideces como un estúpido, te voy a cortar esa lengua sucia!
- Un momento -intervino Agamenón ¡El bárbaro no miente! Es cierto lo que ha dicho este hombre, recuerda que Menelao y Palamedes fueron a buscarte y fue este último quien descubrió tu ardid. Pero dime tú, gran bocón, príncipe de las injurias y padre de la discordia ¿Quién te ha contado tantas cosas en las cuales mezclas verdades y mentiras? ¿Es qué eres un enviado de Eris o será qué sois un simple farsante que conspira con alguien de mi ejercito?

Pensé que ya tenía en mis manos a Odiseo, pues al hacerlo rabiar no coordinaría bien sus pensamientos para inventar cualquier triquiñuela; le respondí al gran rey para continuar confundiéndolo:

- Yo sé muchas cosas que ustedes no saben. No puedo negar que en tus actos y pensamientos hay algo de sabiduría, como le corresponde a un rey capaz de comandar los ejércitos griegos; pero por esa sabiduría deberías haberte dado cuenta de que todo lo que os he dicho es la pura verdad, porque mi Dios, el que te comenté anteriormente, pone en mis pensamientos y en mis palabras todo lo que os digo.
Agamenón respondió de inmediato:
- No se necesita ser sabio para conocer el pasado, ciertamente que los mortales pueden saber muchas cosas en viéndolas; pero antes de verlas, ningún adivino del porvenir sabe lo que sucederá y lo que me intriga y me hace dudar es que has hablado de cosas que aún no han sucedido, que llenan de ira y de odio mis oídos y los de mis compañeros.
- Mi Dios es el Dios de Zeus y de todos los dioses del Olimpo; conoce perfectamente lo pasado y lo por venir. Para aumentar vuestras angustias y para hacerte dudar más ¡Oh, injusto rey! y poner de manifiesto tus debilidades, he de deciros a todos que el bueno y noble Ayante Telamonio también ha de ser traicionado por ustedes.

Ayante levantó su cabeza cuando se sintió aludido, sus pensamientos vagabundos parecieron detenerse y tomar un rumbo; se paró, se desperezó y preguntó:

- A ver tú, que hablas tan deslenguadamente, ¿Cómo sabes nuestros nombres? ¿Qué tienes que decir de mí?
- Yo sé muchas cosas que ustedes no saben. Tus padres son Hesione y Telamón, de él heredaste la fuerza y la valentía en la batalla. A ti te guía Ares el dios de la guerra y la destrucción, y aunque eres un hombre de nobles sentimientos, a la hora de matar desconoces hasta a tus amigos y no te importa si es un dios al que tienes por delante, por eso se dice que Dionisos ronda tus pensamientos. Cuando Aquiles muera, pues...,vi hacia donde estaba el Pelida, ¡escúchame bien iracundo Aquiles!, porque tú sabes muy bien que has de morir joven, aunque algún dios te mienta y te diga lo contrario; por ello tu madre sufre continuamente y trata de darte y complacerte en todo lo que le pides. Sabes que es verdad y que no te miento; pues bien, a tu muerte habrá una gran competencia para entregar al ganador tus atuendos y tus armas que han sido elaboradas, a solicitud de tu madre, por el mismo Hefesto. En ese momento ha de surgir la traición en contra del noble Ayante y los implementos y armas bien ganados por él, les serán entregados a Odiseo, quien en componenda con Agamenón y Menelao lo decidirán de esa manera, para trastornar su fiel y valiente corazón y hundirlo en la locura, a pesar de que será él quien, entre una tormenta de proyectiles, retirará tu cadáver del campo de batalla.

Ayante se sentó de nuevo y con una estruendosa carcajada, con la boca abierta hasta donde más no podía, se tragó un gran vaso de vino. En ese momento entró Taltibio, el heraldo de Agamenón, quien sin mucho protocolo anunció: Ha llegado Calcante.

FIN 4o CAP BLOG

lunes, 8 de septiembre de 2008

AVENTURA EN EL MAR SARÓNICO. CAP 3



AVENTURA EN EL MAR SARÓNICO
Capítulos 3o


Agamenón hizo una señal y entraron seis soldados, dos cargaban un hermoso trípode de oro y los otros cuatro una soberbia y hechizante cratera recubierta de oro y piedras preciosas; la montaron sobre el trípode y procedieron a llenarla con un agua que parecía estar muy fría, pues inmediatamente sus paredes se llenaron de sudor por la humedad creciente en el gran salón; a su lado se quedó, inmóvil, el más alto y fornido de los soldados. Ahora viene la prueba final -gruñó Agamenón- la siguiente es la prueba de la pureza, porque es necesario definir bien a las que habrán de escoger, ya que una mujer puede ser virgen sin ser pura y la diosa no nos perdonaría semejante error. Hemos de bañar a estas mujeres con agua fría de las fuentes del nacimiento del Estige; las vírgenes habrán de sentir la caricia de Afrodita cuando su piel se erice de pies a cabeza, y Atenea, la diosa virgen, dará su aprobación con una señal inconfundible. ¡Desnúdense! rumió Agamenón y el salón se transformó como en un teatro con una escena de valet plenamente ensayada, los movimientos de las vírgenes eran idénticos.

La primera en pasar fue una mujer como de unos veintitantos años, el soldado desparramó una vasija de agua sobre su cabeza, lo cual provocó espasmos en su cuerpo pero sólo por unos instantes, tomó sus vestidos y se fue al final del salón. La siguiente fue una niña, tal vez de trece a catorce años; al contacto con el agua, su tierno cuerpo comenzó a tiritar frenéticamente y como por un hechizo, su piel totalmente erizada, se rodeó de una luz brillante, azulada. Los ojos de los cinco guerreros se llenaron de gozo, el soldado permaneció inmutable. De esa manera, pasaron todas las vírgenes, de las cuales ocho fueron descartadas; éstas se mantuvieron apartadas pero no se les permitió reunirse con sus amigos o familiares.

La voz del rey de reyes, altiva, fuerte y profunda se alzó de nuevo: “Ahora, y para que veáis cuan justo puede ser un rey, os toca a ustedes seleccionar finalmente a las diez afortunadas vírgenes, pero han de tener muy presente que aquí las emociones no tienen sentido, que la juventud da placer a la diosa, que una virgen vieja no merece el honor del sacrificio y que si se equivocan en su selección, el Hades ha de ser el refugio de todos ustedes”. Para mis adentros pensé que nunca había escuchado instrucciones más precisas; estimaba que había unas siete vírgenes entre doce y trentipico de años, las otras eran de mayor edad, incluyendo cinco mujeres entre cuarenta y cincuenta y otras dos visiblemente mayores de sesenta años, que parecían pavonear su virginidad y su pureza en el centro del salón. No sospechaban que lo que se nos venía encima era un tremendo problema, pues los números no cuadraban, no había diez vírgenes puras y jóvenes.

Al ver la cara de inocencia de las niñas, algo dentro de mí comenzó a rebelarse. Recordé la valentía de los hombres que habían asesinado, pensé en Afrodita e invoqué la justicia de Atenea, mi querida diosa virgen, para que pusiera fin a aquella locura, pero recordé que ella estaba a favor de los griegos en esa guerra y no atendería a mis súplicas; sin embargo, Afrodita estaba a favor de los troyanos y era, en parte, la causante de ésta calamidad ¿Podrá ayudarnos?. Por mi mente comenzaron a desfilar todas las cosas que sabía, que había leído acerca de los griegos, los paseos recientemente realizados por el Oráculo de Delfos y por la impresionante Acrópolis, por los mares llenos de leyendas y por la admiración que todo ello me hacía experimentar. Sentía que mis héroes comenzaban a derrumbarse, que la crueldad era hermana infiel de la belleza y la justicia, pero también comprendí que mis patrones de justicia y de ética no tenían que ser iguales o parecidos a los de ellos y que por una jugarreta del tiempo o no sé de qué cosa, nos encontrábamos atrapados en una paradoja, en un cuento o en una trampa. Conocía de la tragedia que Agamenón vivía en esos momentos y cómo había terminado, pero me parecía una locura, una insensatez, un martirio innecesario para aquellas niñas y mujeres.

Nuevamente sentí posarse encima de mi cabeza la sombra que antes me había hablado, pero esta vez pude distinguirla un poco mejor, era un hombre muy hermoso, su cara parecía de porcelana y alrededor de su silueta brillaban miles de minúsculos luceros. ¡Tiene que ser un dios!, ¿Pero, cuál de ellos? Como era de esperarse, en todas las actividades de los griegos, en la antigüedad, los dioses están de por medio y ésta no podía ser una excepción, pero...¿Por qué éste se me presenta a mí y no a un Griego? Sabiendo lo tracaleros y perversos que pueden ser si se lo proponen, quise esquivarlo para que no me envolviera en una de sus funestas trampas; pretendí sentir temor de que los guerreros nos vieran e intenté cerrar los ojos para apartar aquella visión. Él se me adelantó y advirtió:

- Mortal, no cierres los ojos ni temas por represalias, pues ellos no pueden vernos ni oírnos; escucha bien lo que voy a decirte pues no he de repetirlo. No se trata de tu vida, la de tu amiga o la de las vírgenes, de ello dependerá la vida de todos ustedes y, principalmente, el futuro de Troya la de amplias calles. Habrás de crear la confusión y la duda en los pensamientos de Agamenón; para ello tendrás que vencer la astucia de Odiseo, el mal genio de Aquiles y de un perspicaz adivino que ha de presentarse, pues yo, de ser necesario, me encargo de los otros dos.

- Pero... ¿Y por qué tengo que ser yo? No poseo la fuerza ni los recursos para combatir a esos gigantes.
- ¡Tienes que ser tú, porque tiene que ser alguien! Si no posees la fuerza, sí tienes la virtud de la memoria y de la palabra, que es más fuerte que la espada más poderosa y, te digo, que ellos no son gigantes, son mortales como tú y además me tienes a mí como aliado.

Intenté seguir argumentando y me di cuenta que había desaparecido. Un frío me recorrió todo el cuerpo y sentí erizarse los cabellos en mi nuca, que estaba mojada por completo, un hilillo de sudor me corría por la espalda y se colaba entre mis nalgas y piernas. Al contrario que las instrucciones de Agamenón, las del dios me parecían vagas e insuficientes. ¿Pero cómo puedo combatir con la memoria y la palabra a los campeones de la palabra y la memoria? ¿Cómo podría yo confundir a Agamenón, al campeón de la astucia Odiseo y al siempre encolerizado Aquiles? ¿Quién será el adivino? ¿Qué hago? Se me vino a la mente la diosa Eris, la discordia. ¿La invoco? No, no, mejor no lo hago, ella podría meterme en un problema de mayores proporciones. Lo que tengo que hacer es recordar todo lo que pueda de lo que he leído de los griegos, sólo habrá que esperar el momento oportuno para actuar y el dios tiene que iluminarme porque, de acuerdo a sus palabras, él es mi aliado y parece estar en contra de estos terribles guerreros. A mis pies había una cortina blanca que fue arrancada de una ventana próxima, con mi pie derecho comencé a halarla hasta que la tuve al alcance de la mano.

Agamenón rugió de nuevo: Ha llegado el momento de que tomen su decisión, que, como pueden ver no ha de ser muy difícil pues la mayoría de las vírgenes puras son las más jóvenes. Ningún hombre se movía ni se atrevía a modular palabra alguna. Un grupo de mujeres comenzó a movilizarse hacia el gran rey, se adelantaron y se echaron a sus pies suplicando por la vida de sus hijas.
FIN 3er CAP BLOG

miércoles, 3 de septiembre de 2008

AVENTURA EN EL MAR SARÓNICO. CAP 2


AVENTURA EN EL MAR SARÓNICO
Capítulo 2o


La mar, embravecida al principio, quedó en calma y una claridad, similar a los rosados dedos de la Aurora, comenzó a dibujarse en un horizonte incierto hacia donde debería estar Atenas, pero las colinas y edificios no estaban allí, habían desaparecido. Todos nos quedamos quietos y enmudecidos. Tomé mi cámara y comencé a tomar fotografías; percibí una silueta acercándoseme, se posó sobre mi cabeza y susurró: “No utilices eso”, miré hacia arriba y apenas alcancé a ver un rostro hermosísimo que se desvaneció en el aire. Inmediatamente pregunté a mi compañera si la había visto y me contestó negativamente; la miré a los ojos y me di cuenta que estaba aterrorizada, la abracé y traté de tranquilizarla asegurándole que todo iba a pasar muy pronto. Intrigado, guardé la cámara y no seguí tomando fotos.

Desde la negra y cóncava nave se extendió un puente, por él pasaron más de treinta hombres ataviados a la usanza de los guerreros de la Grecia antigua y tomaron posición en nuestro barco; afuera se escucharon algunos gritos y ruidos, pero cesaron rápidamente. No se sentía la respiración de nadie y el ambiente estaba teñido de una luz rosada, fuerte y brillante. Todo me parecía asombrosamente familiar y sospechoso, me recordaba algo pero no sabía qué. Como una alucinación, aparecieron cinco hombres ataviados en ricos uniformes de guerra, dorados, brillantes y enceguecedores; las manos apoyadas sobre sus espadas gigantescas, guardadas en sus vainas relucientes. Penetraron por las paredes del gran salón y el pánico se apoderó de todos los viajeros; los gritos, llantos y movimientos se reiniciaron de inmediato.

Los cinco hombres muy altos y fornidos, su piel curtida por el sol, tomaron posición en el gran salón, adquiriendo la configuración de una equis, con el que parecía ser el jefe en el centro; sin emitir una palabra, giraron lentamente dirigiendo su mirada hacia los asombrados y aterrorizados grupos de turistas. El silencio se hizo absoluto nuevamente; sus ojos eran grises, penetrantes y fríos. No puede ser, esto es un sueño, pensé para mis adentros; parecían haber salido de la Ilíada. Algo comenzó a tomar forma en mis pensamientos: Por su rica indumentaria y su magnífico cetro creí identificar a Agamenón; por la majestuosidad de las armas, el uniforme y el tamaño, deduje que el más próximo a mí era Aquiles; los otros debían ser Odiseo, por sus anchas y poderosas espaldas, y Ayante, una mole humana con un enorme escudo; el quinto era rubio y los vellos de sus brazos desnudos brillaban como escarchas de oro...tenía que ser Menelao. Al principio, había pensado que se trataba de un espectáculo programado por los promotores del crucero, a la usanza de Universal Estudios o de Los Aleros en Mérida, pero todo era demasiado real aunque se salía de cualquier lógica posible.

El hombre del centro levantó su brazo derecho y sus labios comenzaron a moverse. Una voz fuerte, grave y poderosa, se sintió como un estruendo; lo fantástico era que su voz parecía entrar por nuestros pies, pero lo más asombroso de todo es que daba la impresión de que la totalidad de los presentes lo entendíamos. Yo escuché sus palabras en perfecto Español, le pregunté a mi amiga si le comprendía y con sus ojos bien cerrados y ambas manos apretando mi derecha, me indicó que sí con un imperceptible movimiento de cabeza. El resto de los pasajeros parecían preguntarse lo mismo y por los movimientos similares a los de ella comprendí que todos estábamos entendiendo, en más de doce idiomas diferentes, lo que el tipo había dicho. Luego continuó: “Ustedes son nuestros prisioneros, pero no deben estar temerosos pues no vamos a hacerlos esclavos ni a sacrificarlos a todos”. El desconcierto se reinició con la gente corriendo y gritando por todos lados, pero ellos con sólo su mirada misteriosa y profunda callaron por completo al grupo. Como por un extraño encanto, los niños y niñas menores de doce años cayeron poseídos de un placentero y profundo sueño.

Visiblemente enojado, el jefe del grupo invasor se identificó:
- Yo soy Agamenón, rey de reyes, protegido de los dioses y comandante de todos los ejércitos griegos; soy tolerante, bondadoso y amante de la justicia, pero aborrezco el desorden y si reaccionan de nuevo como lo hicieron, os juro por el Olimpo que habrán de ser alimento de las criaturas del mar. Nuestro destino es la bella y bien fortificada ciudad de Troya, la cual hemos de destruir por mandato de los dioses para vengar el pisoteado honor Griego. Hasta ahora todo marchaba como lo predijo el Oráculo, pero la divina Artemis por un irreparable error de alguien, ha decido que mi amada y querida hija Ifigenia sea sacrificada; de no hacerlo, no tendremos su ayuda para que los dioses muevan nuestras cóncavas naves, paralizadas por falta de viento en el Puerto de Áulide en Beocia. El astuto y siempre buen amigo Odiseo, ha logrado convencer a la divina Artemis de cambiarla por diez vírgenes bárbaras. Aunque no puedan verlas, los ojos del rey más poderoso del universo están llenos de lagrimas por la más hermosa de las hijas, nacida de la más bella de las mujeres. De vosotros, bárbaros profanadores de los más sagrados lugares, ha de salir el grupo de vírgenes que salvará a mi amada hija. Ustedes, que no conocen el respeto, que se burlan de nuestros dioses, que con sus pies profanos pisan todos nuestros sagrados recintos, que roban la esencia de nuestra vida en las extrañas cajas que cuelgan de vuestro cuello, han sido escogidos por la divina Artemis para salvar a Ifigenia, os debéis sentir, por demás, honrados de tal honor. Debo advertirles que nadie puede venir en vuestra salvación y que los encargados del manejo de esta extraña nave, responsables por la vida de cada uno de ustedes, ya han sido controlados y encadenados, sólo hemos enviado al Hades a dos de ellos que no hicieron caso a nuestras advertencias.

Al escucharse la noticia, en el salón se sintió un gran murmullo; tres hombres, altos y corpulentos, portando sendas sillas se abalanzaron contra Agamenón. Antes de que lograran acercársele se sintió una silbante ráfaga de viento en el ambiente y vimos cómo los tres hombres se levantaban del piso y salían proyectados hacia atrás; Aquiles, Odiseo y Ayante les habían acertado en el centro del pecho con sus lanzas y los valientes hombres quedaron colgando del mostrador del bar, atravesados por éstas. El silencio y la frustraación se hicieron absolutos.

Como si no hubiese pasado nada, los cinco hombres giraron de nuevo, lentamente, sobre ellos mismos y dirigieron su mirada sobre nosotros. Con cada destello de sus ojos, las mujeres de doce años en adelante, de todas las procedencias, comenzaron a movilizarse tranquilamente, como hipnotizadas; pasaban por una luz azul que se encendía brillantemente o se opacaba si la que cruzaba era virgen o no lo era. Se sucedieron una serie de escenas de lo más curiosas y de los pasajeros salía como un extraño murmullo de alegría, tristeza o desengaño cada vez que una candidata cruzaba “la luz de la verdad”, como la llamaba Agamenón. “Mi niña de quince años no puede quedarse aquí, víctima de estos sicópatas”, pero la tristeza y el llanto se transformaban en una asombrosa y extraña alegría cuando la luz se opacaba para descartar a la virgen…que no lo era. Un joven, ubicado a mi lado, no parecía interpretar su emoción cuando la luz se avivó al pasar su novia. Cuando resplandeció la luz con nueve mujeres, que por lo menos tenían entre cincuenta y más de sesenta años, hubo confusión, incredulidad y hasta risas nerviosas y burlonas.

Los murmullos se fueron propagando y tomando ritmo creciente de rebelión; se hicieron tan insistentes que nuevamente se escuchó el trueno de Agamenón: “Ya vieron lo que pasó antes, ¡Aquí no puede haber emociones!, el próximo murmullo o comentario, será suficiente para que el que lo haga sea atravesado por la lanza de uno de mis guerreros, ¡Para vosotros no deben existir los sentimientos!” El silenció se adueñó del gran salón y las mujeres terminaron de pasar; al final quedaron veintidós vírgenes en el centro del salón, mi compañera regresó al mueble y la abracé con mucha ternura. FIN 2o CAP BLOG

miércoles, 6 de agosto de 2008

AVENTURA EN EL MAR SARÓNICO. CAP 1

El barco, de nombre Dionisos, hacía el recorrido turístico para visitar las islas Poros, Egina e Idra, en un crucero de medio día por el mar Sarónico. En total podrían haber más de doscientos cincuenta turistas procedentes de múltiples lugares del mundo. Las instrucciones se impartían en siete idiomas: Griego, Inglés, Español, Portugués, Francés, Japonés e Italiano; pero en esa Babel horizontal también había grupos de rusos, chinos, coreanos, alemanes, húngaros, etc., quienes en su mayoría recibían las instrucciones por medio de un guía, el resto se orientaba sólo con sus sentidos. Todo era alegría y felicidad, nadie se imaginaba la tragedia que nos esperaba en alta mar.

Terminada la visita a las islas, el barco regresaba al puerto de Atenas. Eran las 7:30 de la noche y la claridad absoluta; con el sol brillando alegremente, mucho antes de iniciar su impresionante rito del ocaso. Estabamos en pleno Verano, la temperatura a la intemperie de la cubierta, que al mediodía había llegado a 42 grados Centígrados, ahora era de 38. En el gran salón del barco el aire acondicionado hacía olvidarse de ello y un conjunto de cuatro músicos griegos amenizaban a los turistas. Tres muchachas, norteamericanas, bailaban y cantaban con ellos en el entarimado. El cantante se deleitaba entonando, en perfecto Inglés, “Jailhouse Rock” a la manera del gran Elvis.

Las caminatas por las islas habían sido un verdadero encanto. Escalinatas empinadas, largas, angostas, zigzagueantes, interminables, para luego mostrar el tesoro de su belleza en múltiples paisajes, que absorben, conmueven y asombran. La alucinante mitología Griega aflora por doquier para seducir y llenar los sentidos, se hace imposible no sumergirse en ella. Por mi mente desfilaban tantas cosas, los clásicos que había leído acerca de los griegos: La Iliada, La Odisea, las tragedias de Sófocles, Esquilo y Eurípides, la historia y la mitología que siempre me había fascinado. Algunos turistas al encontrarse se reconocen y se saludan efusivamente, pues se han visto con anterioridad en alguno de tantos sitios interesantes: en el Museo Arqueológico, en la impresionante Acrópolis, en Tebas o en Delfos, el más famoso Oráculo de la antigüedad, donde el hechizo cautivante de sus montañas agrietadas, peladas y desafiantes es el asiento del Templo de Apolo. Algo que me causaba repugnancia e incomodidad era observar a muchos turistas pisotear sitios sagrados y burlarse de los dioses para fotografiarse al lado de ellos, algunos en actitudes obscenas.

Inesperada y bruscamente el barco se vio envuelto en una gran niebla espesa que obligó al piloto a disminuir la velocidad de la nave y un continuo e intenso oleaje comenzó a embestirlo. Las muchachas, que bailaban frenéticas en el entarimado, casi cayeron sobre los músicos. La luz se interrumpió, quedando todo envuelto en tinieblas. Simultáneamente, las lámparas de emergencia comenzaron a emitir, titilantes, una luz tenue, tímida y amarillenta. Los sistemas automáticos de navegación del barco, erráticos al principio, dejaron de funcionar y el radar sólo indicaba una gran mancha blanca. El capitán intentó comunicar algo por los altoparlantes, pero su voz se sintió distante y entrecortada; cuatro oficiales salieron disparados hacia la cubierta, cada uno tomó posición en proa, popa, babor y estribor, conminando a todos los turistas allí situados a que bajaran al gran salón. Como el aire acondicionado había dejado de funcionar, de inmediato el calor comenzó su ataque frontal; los viajeros comenzaron a descorrer y despegar las cortinas e intentaban abrir las ventanas, pero éstas eran fijas. Afuera la oscuridad era total.

Los oficiales de abordo, provistos de megáfonos, iniciaron su discurso tranquilizador cuando ya algunos turistas comenzaban a gritar, sin haber llegado aún a la desesperación; las azafatas y guías intentaban inútilmente la comunicación externa utilizando sus celulares. El capitán habló nuevamente “Por favor permanezcan en su sitio, hemos tenido un problema de potencia pero ya nuestros mecánicos están trabajando en ello”. El mensaje se transmitió en los siete idiomas mencionados anteriormente, pero en la medida que cada grupo era informado, sus integrantes lejos de tranquilizarse comenzaban su movimiento de hormigas en desbandada, en todas las direcciones. “Quédense tranquilos estamos solamente a cuarenta y cinco minutos de Atenas y ya hemos recibido el mensaje de que han salido hacia acá un buque de nuestra línea y una lancha de la Armada”.

Yo abracé a mi compañera y le sugerí que se quedara tranquila a mi lado, en el rincón del mueble donde estábamos sentados. Aquel último anuncio me llenó de preocupación, pues estaba claro de que no había comunicación con el exterior y que sólo tenía la intención de tranquilizar, en otras palabras: no sabían lo que estaba sucediendo. Recordé de inmediato que en unos de mis paseos por cubierta había visto solamente cuatro botes salvavidas, con capacidad, tal vez, para unas cuarenta personas cada uno; también recuerdo que me pregunté cuanto tiempo tendrían esos botes allí, sin mantenimiento, pues estaban bastante deteriorados por el salitre. Cuando terminaron de dar las explicaciones, en los siete idiomas, cada grupo se movía en una dirección diferente y, dentro de éstos, los círculos de amigos o familiares también se movían al azar; los otros grupos de rusos, coreanos, chinos, etc., eran informados por sus guías y sin pensarlo dos veces también iniciaban su movimiento errático y desesperado. Resultado: el desconcierto y el caos total, con la mayoría de los viajeros queriendo salir a la vez por un par de puertas, de poco más de un metro de ancho, que los oficiales de a bordo tuvieron que asegurar por fuera.

Por el lado de babor comenzó a verse una luz potente que rapidamente se acercaba al barco. ¡Nos salvamos! ¡Vienen por nosotros! se escuchó, o pareció escucharse, por todo el salón. Las lagrimas y la desesperación se tornaron en alegría, con gritos de todo tipo en los diferentes idiomas; instantáneamente, se desmoronó la Babel horizontal y surgió el idioma universal de risas, lagrimas, aplausos y abrazos. La luz se fue acercando a una velocidad impresionante; los grupos que gritaban y reían, comenzaron a callar y a quedarse tranquilos cuando la luz inundó todo el salón, parecía de día nuevamente. Al lado del barco se paró algo como una sombra: una gran nave de aspecto antiguo y casco negro, con las velas arriadas, mostrando a estribor más de cuarenta grandes remos, colocados en posición de descanso.

FIN 1er CAPÍTULO

Escritores Venezolanos Conversando y Escribiendo

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