Aunque los entendidos en asuntos del lenguaje (Cadenas, Márquez R., entre otros) vienen insistiendo hace mucho tiempo en el tema de la “conciencia lingüística”, parece que esto no ha llegado a otras personas interesadas en el conocimiento y uso de la lengua española.
Lo más frecuente es que se insista en la corrección de los errores gramaticales del que escribe, especialmente del que comienza a escribir. Lo menos frecuente es que se trate de motivar, de interesar al que se inicia en la escritura, para que él mismo vaya descubriendo sus errores y deficiencias, y comience a corregirlas. Pero también para que descubra el encanto de su idioma, las diferencias entre el habla cotidiana y el habla culta, y entre éstas y el lenguaje escrito.
Creo que lo más sano pedagógicamente es despertar la conciencia lingüística, antes de pasar a la corrección de los errores. Contraria a esta actitud es la dedicación a “cazar gazapos”, que puede convertirse en una búsqueda obsesiva de los errores que cometen los demás, olvidando que nadie tiene la última palabra en asuntos del lenguaje.
Quizá la penúltima palabra la tienen los que se han dedicado al estudio del idioma: filólogos, lingüistas, profesores, académicos de la lengua, lexicólogos, etc. Pero no siempre coinciden en la misma persona, los conocimientos técnicos y la actitud pedagógica. Y si esto no sucede, es poco el interés que se puede generar para despertar la conciencia lingüística en los demás.
La última palabra la tiene el hablante que es el creador de la lengua, sólo posteriormente el uso la ratifica y finalmente va a terminar presa en un diccionario, hasta ser sustituida por otras nuevas.