Escritores venezolanos. Conversando y Escribiendo

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martes, 8 de diciembre de 2009

Elvira



Elvira es mi vecina y mi casera. El espacio donde resido actualmente tiene entrada independiente pero es parte de la casa de Elvira. Cada vez que salgo en la mañana, Elvira está barriendo la entrada de la casa.


-Hola Elvira. Buenos días. ¿Cómo amaneciste? –pregunto.

-Aquí, barriendito... es que todos los días esta mata, si que larga hojas caraajm.

Ya tienes dos meses viviendo aquí. ¿Conociste a todos los vecinos? –me pregunta Elvira.

-No. Que va. Me la pasó todo el día en la oficina; no me da tiempo para nada -respondo.

-¿Tú ves aquella casa que tiene unas rejas verdes en la entrada? Ahí vive el coronel García. Él se encarga del pago a los vigilantes. Y en la casa de allaíta...¿ves? –dice señalando- allá... la que queda en la esquina. No es esa donde está el Toyota negro sino la de al lado... ahí vive Gerardo Márquez, del partido Laborista. Se la pasa repartiendo panfletos políticos

-Ummm... después me explicas mejor. Ahora debo ir a trabajar.

-Espérate que ya te doy un ejemplar de esos que él reparte. –dice Elvira.

- Esta noche cuando regrese hablamos, me tengo que ir.

-Te dejo pues... –contesta Elvira.

El día transcurrió normalmente. Regresé cansada a la casa, pero recordé la promesa que le había hecho a Elvira. Sentía una especial “obligación”, porque Elvira transmitía una gran sensación de abandono a pesar de tener dos hijos.

Esa noche, mientras conversábamos, escuché pasos en el techo de la casa que es de platabanda, y me sobresalté mucho.

-¿Qué te pasa mija? Me preguntó Elvira

-Hay alguien caminando por el techo –respondo.

Elvira se dirige al teléfono. Se detiene de repente y me pregunta:

viernes, 25 de enero de 2008

RECUERDOS DE LA PRIMERA CITA

La frescura de la noche, como una niebla blanca, de terciopelo, entraba por la ventana abierta de par en par, haciendo bailar las cortinas en una ondulación suave, de lago quieto y sereno. Eran cerca de las cuatro de la mañana, los acontecimientos aún permanecían dispersos en su memoria. Todo había sido tan rápido, tan inesperado, aunque lo había anhelado desde hacía tanto tiempo. ¿Entonces por qué el mismo tiempo la estaba matando? ¿Por qué la atormentaba de manera tan inclemente? Qué confusión más extraña, deseaba que pasara el tiempo, qué volara, qué viniera pronto el próximo día, pero la asombraba que pasara tan lentamente y a la vez le desesperaba que continuase pasando.

Todos sus vestidos estaban regados por el suelo, se los había probado y ninguno satisfacía sus gustos de ese momento. ¿Qué hora es? ¿Qué hora es? Se aproximó a la mesita de noche y allí estaba él, tranquilo, despreocupado, marcando su compás interminable e impertinente: son las tres y cincuenta y cinco de la mañana le dijo y continuó andando con la indiferencia de su tic-tac odioso, indolente, martillando sus oídos. Sintió un leve mareo. Éste, se fue incrementando hasta hacerla entrar como en un misterioso trance. Tuvo la sensación de estar levantándose del piso; medias, pantalones, vestidos, blusas, zapatos, carteras y ropa interior flotaban con ella en un remolino gris, sin colores, que los atraía hacia su centro al compás de un tic-tac frenético y galopante.

Hacía varios años que lo conocía, pero desde hace sólo muy poco tiempo Eros había cambiado los engañosos dardos de plomo por los de oro y le había hecho blanco a ambos con sus flechas encantadas. Recordó cómo buscaba pretextos para estar cerca de él, cómo temblaban sus labios al hablarle y cómo ese misterioso friíto del deseo le bajaba desde las sienes, cruzaba sus senos, su corazón, su estómago y llegaba a las piernas, para alojarse en lo más profundo de su ser y estimular sus más atrevidas fantasías. Después de muchos intentos, de pensar horrorizada miles de veces que ella no le gustaba, de tanto tiempo buscando su mirada y su afecto, ayer la había invitado a salir. No sabía cómo describir su reacción, sintió como si fuesen a explotarle los oídos y una onda de colores la recorrió como pólvora encendida... y... el friíto ¿se acuerdan del friíto?, pues le subió y bajó por todas partes ¡Qué locura! ¡Qué hechizante! ¡Qué divino! El remolino la sacó por la ventana y también salieron todas sus cosas, sus ropas, su cama, los clósets, la bañera, los cuadros, los adornos, el cuarto, todo salió por la ventana.

Sus muñecas de trapo reían y trataban de tomarla por las manos, pero al estar cerca se alejaban y abrían más sus grandes ojos blancos y reían cada vez más fuerte y freneticamente. El reloj pasó por un lado y se fue hacia el centro para arrastrarla nuevamente en la desesperación del tiempo y del caos que giraba a su alrededor. De pronto todo estaba en calma. Pudo contemplar, horrorizada, que estaba sentada en medio de algo como una calle, completamente desnuda, en un sitio desconocido y lleno de sombras que pasaban por su lado sin enterarse de su presencia, caminado como espectros en una neblina que lo cubría todo.

Sintió algo moverse a su lado, alzó la vista y sólo contempló la silueta de un hombre alto; avergonzada cruzó las piernas y colocó los brazos sobre los pechos tratando de ocultar su desnudez. - ¿Qué le sucede señorita? –le preguntó la silueta, con una voz grave y profunda. No sé qué me está pasando...¿Qué...qué hora es?, alcanzó a preguntarle. Aquí no hay hora señorita, aquí somos esclavos de otras cosas pero no del tiempo, respondió y desapareció como había llegado. Se incorporó lentamente observando el lento caminar de sombras, para buscar una orientación, algo que le fuese conocido. No vio nada. Sin pensarlo más, arrancó a correr llorando y gritando: Mamáaaaaa, mamáaaaaa.

Sintió la mano de su madre sobre la frente y lo primero que hizo fue preguntarle la hora; son las tres y cincuenta y cinco de la madrugada mi vida, descansa tranquila –le dijo sollozante. ¡Qué susto Dios mío! y pensar que la cita con Armando es mañana...no, no... ¡Hoy mismo!; vio hacia la mesita de noche antes de quedarse dormida, le pareció notar una sonrisa burlona en la cara del reloj.

Ahora estaba más tranquila. El sueño llegó en silencio, suave, placentero; el tiempo parecía no preocuparle y el sonido del reloj había desaparecido. Caminaba lentamente por un hermoso sendero lleno de flores, de pájaros, de vida que parecía explotar en colores a cada paso; los latidos del corazón, que antes le atormentaban, qué extraño... ahora no los sentía. El jugueteo melodioso de un arroyo cercano distrajo sus pensamientos y hechizada se dirigió en su búsqueda con los ojos semi cerrados, orientada sólo por sus oídos. Llegó al final del camino, con las manos apartó suavemente unas palmeras verdes, encendidas, y sus ojos se llenaron con la magia de un lago azul brillante, donde la luz del sol se bañaba en la fantasía de millares de lentejuelas multicolores; los lirios, en plena y violeta floración, completaban el encanto de aquel sueño que excitaba todos sus sentidos.

Se acercó a la orilla con la delicadeza y etérea elegancia de una ninfa del bosque; apartó suavemente unos lirios y apareció el limpio y deslumbrante espejo del lago donde se reflejaba, totalmente, su figura. Se dio cuenta que estaba descalza, cubierta con una preciosísima túnica de seda, blanca, suave, brillante, llena de encajes finos y en la frente la caricia inmaculada de un cintillo de azahares. Siguió avanzando y sintió cómo su cuerpo se hundía en las mágicas aguas, hasta cubrirla por completo. Lo más extraordinario de todo es que no se sentía mojada, podía respirar bajo el agua y ahora el espejo del lago estaba arriba.

Lentamente comenzó a materializarse ante sus ojos una visión que la llenó de asombro, que la hizo pensar de nuevo en el tiempo y también le hizo aflorar la sensación de aquel anhelado friíto. Por detrás del espejo, apareció el rostro triste y lloroso de Armando. Sus manos se abrían angustiadas hacia ella, buscando acariciar sus palidas mejillas. Aunque ella sentía la caricia cálida y tierna de sus manos tocando sus labios, éstas quedaban atrapadas, resbalando temblorosas en la parte superior del espejo del lago; luego, aterrada, escuchó su voz: ¡Oh Dios mío! ¿Por qué te la llevaste?

miércoles, 28 de noviembre de 2007

EL ATRACO



Al cambiar el semáforo pude observar que un individuo, como a una cuadra de distancia, hacia señas hacia el grupo de personas que cruzabamos la calle. No sé porqué pero sentí una sensación extraña. Ya estaba entrando al callejón cuando vi de nuevo al individuo. Se aproximaba rapidamente y cruzó la calle con el semaforo en rojo. Se dirigía hacia mí.

Traté de no darle importancia, pero comencé a andar más rápido. Timidamente volteé, el tipo seguía detrás de mí, había en él algo que me parecía familiar. Comencé a correr y a internarme en aquel callejón que se hacía cada vez más oscuro y recordé, para mi pesar, que el callejón no tenía salida. Sentía sus pasos muy cerca. Un sudor frío me corría por la espalda. Tenía miedo.

Un poco antes del final del callejón estaba la casa donde había alquilado una habitación hacía un par de días y en mi galope desenfrenado me pasé unos metros de ella. Regresé desesperado. Busqué las llaves en todos mis bolsillos, no las hallaba; no podía entrar y ponerme a salvo. Sus pisadas disminuyeron el ritmo y mis sienes, que parecían estallar, aumentaron el suyo, mientras mis manos hurgaban torpemente en el maletín en busca de las llaves. El tipo se paró como a unos cinco pasos de donde yo estaba y se metio la mano derecha en el bolsillo del pantalón. Me quedé frío. Solté el maletín y agarré un trozo de madera que estaba en el suelo. Me jodí, pensé para mis adentros.

Observé una risa burlona en sus labios y creció en mí una sensación de impotencia indescriptible. Intenté no perder la cordura y pensé que, tal vez, lo mejor sería tratar de negociar con él. El individuo todo lo que hacía era reirse, parecía estar drogado. Le ofrecí mi reloj y el dinero que tenía en la cartera y le expliqué que en el maletín sólo tenía papeles, que podía abrirlo y revisarlo. El tipo continuaba riendo.

Finalmente, en un arrebato de valentía, le dije: “pues entonces tendrás que joderme” y empuñé el trozo de madera con mis dos manos. El hombre, sin dejar de reir, sacó la mano del bolsillo y me dijo: “Qué joder ni que joder mi compadre, lo he estado siguiendo para entregarle estas llaves que dejó en el restaurant”.

lunes, 26 de noviembre de 2007

EL HOMBRE DE LA MULITA




El sitio no era cómodo. Las alimañas subían por su cuerpo y sentía el monótono e insistente canto de los zancudos en cada momento. Se quitó el sombrero y se secó el sudor de la frente. Estaba acostumbrado a esas incomodidades cada vez que se iba al monte a esconderse de la recluta y en sus frecuentes viajes de cacería, en busca del sustento de la familia. Sus pensamientos y preocupaciones se centraban en Marisela. Juró que hasta ese día llegaría todo ese enredo. Era un buen sitio y la noche estaba de su parte.

Cabalgando en Enamorado y las riendas de la mula atadas a la cola del mismo, silbando su tonada favorita el coronel JOB se adentró en la noche; sus lascivos pensamientos, impregnados de aquella joven mujer y dirigiéndolo como hipnotizado hacia la casa motivo de su lujuria. La mula, negra como la noche misma, curiosamente pequeña, con su paso nervioso y apurado parecía presentir lo que sucedería. Cuando el coronel silbaba esa tonada, ella siempre terminaba con un liviano y perfumado cuerpo sobre sus lomos.

Los campos de guerra ya eran cosa del pasado, los tantos muertos que pesaban en su espalda no le traían el mínimo cargo de conciencia. Así, matando y poniendo a prueba su osadía, había ganado su título en las guerras intestinas que habáin asolado al país. Ahora tendría unos cincuenta y tantos años, un bigote grueso cubría parcialmente una cicatriz en el labio superior; su figura sobre el caballo lucia imponente a pesar de la edad y del abultamiento de su estómago sobre el impecable uniforme.

Siempre lo había hecho, pero ahora, en tiempos de paz, se dedicaba casi exclusivamente a su pasatiempo favorito: seducir jovencitas, preñarlas y luego abandonarlas a su suerte. Según dicen las malas lenguas, la cicatriz en los labios se la hizo un marido celoso por allá por los lados de oriente y por ello, ahora, se dedica sólo a muchachitas. Él dice que fue en la batalla de El Guapo. En su único matrimonio tenía tres hijas, ya casanderas, a quienes no permitía ni asomarse a las ventanas; su esposa hacía varios años que había desaparecido y, como en todas las cosas de él, en extrañas circunstancias; además, se decía que tenía más de cincuenta hijos naturales y que nunca se preocupaba en averiguar si las jovencitas que seducía pudieran ser de su descendencia. Siendo la primera autoridad de la región y precedido por su fama de crueldad, nadie se atrevía a reprimirle sus perversidades. Según cuentan en uno de esos pueblos, en una ocasión el cura tuvo la osadía de denunciarlo en uno de sus sermones. Más nunca se supo de él.

Al llegar al arroyo detuvieron el paso. Una voz como salida del cielo retumbó en la oscuridad, poniendo en vuelo a los alcaravanes que, furibundos, comenzaron su canto de ira, haciendo silenciar sapos y ranas e interrumpiendo la amorosa y mágica sinfonía de los grillos.

-¡Coronel José Olegario Bolaños !

-¿Qué pasa coño? por instinto se llevó su mano derecha a la cartuchera del revolver.

-¡Alto! ¡No se mueva nojoda! Sin esperar respuesta se vio un fogonazo y luego se escuchó como un estruendo apocalíptico en la soledad de la noche.

¿Sabes con quién te estás metiendo? No creía que alguien tuviese el valor suficiente para enfrentarlo. Tuvo la sensación de estar cayendo poco a poco, muy lentamente, como esa gota de agua que nace del rocío, quieta y cristalina en la flor de la mañana; sin embargo, el disparo lo había arrancado de la montura del caballo. Por su mente comenzaron a pasar, con mucha rapidez, infinidad de imágenes, instantáneas de su agitada vida. No tenía la certeza de estar hablando o pensando, mucho menos de que estaba herido de muerte.

-¿Qué será ese dolor en el centro del pecho y esa luz brillante que ciega mis pupilas?

Los ojos más hermosos que había visto estaban en aquella hembra; tenían el misterio de toda mujer nueva, intocada. Fragancia de jazmines en sus cabellos y todas las tentaciones imaginables ocultas por el encanto de sus vestiduras. Juré por mi honor que esa mujer tenía que ser mía y si la familia quiere arrecharse, bueno ¡Que se arreche! Son sólo cuatro mujeres y un pelao que no jode a nadie.

-¿Qué será ese dolor en el centro del pecho y esa luz brillante que…

Juan Vicente revisó la escopeta, colocó un cartucho nuevo y salió del tupido matorral como un tigre al acecho de una presa herida. Era un muchacho de unos catorce o quince años, cuerpo fibroso y curtido por las inclemencias del sol llanero. Se acercó al cuerpo aún tembloroso del coronel, cuya cabeza estaba medio sumergida en el arroyo y la sangre fluía a borbotones de una gran herida en el pecho. Con la punta del pie se la hizo girar y le gritó a todo pulmón: ¡Las familias decentes se respetan ñocarajo! Y se fue caminando por el sendero de tierra negra.




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